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domingo, 12 de agosto de 2018

Mientras espero...


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Aquí sentada mientras espero que llegue el “ayudante” para que le lleve esta comida a mi hijo, no puedo hacer otra cosa que repasar mi vida y contársela a ustedes, aunque no tengo muy claro para qué. Quizá para desahogarme, para frenar un poco esta rabia que no puedo gritar, porque me harían callar.
Llevo ya dos horas y sé que aún me queda un buen rato. Estas cosas van lentas. Cuando viene Nuri, mi hija, la atienden más rápido, tiene suerte, o lo más seguro es que le haya gustado a alguno de estos policías. Yo ya soy demasiado vieja (demasiado parecida a estas otras tantas mujeres que esperan también aquí, a mi lado, enfrente de mí) para recibir un trato especial. Así que ellas y yo nos limitamos a insistir, una y otra vez, hasta que deciden hacernos caso, por cansancio o aburrimiento o, en ocasiones, cuando conseguimos reunirlos, por los “chelitos” que les ponemos disimuladamente en la mano. Hay veces que nos exigen el dinero sin tapujos y si les decimos que no tenemos nada, nos hacen esperar a propósito, tan jodones, nos ignoran, para que aprendamos que al día siguiente no debemos volver con las manos vacías. Como vine yo hoy, sólo con la comida de Domingo y con una camisa limpia para que se cambie. Ya son diez días los que lleva ahí dentro, el pobre, que no hizo nada, que me lo cogieron siendo inocente.
Sí, ya se que piensan que soy su madre, que qué voy a decir si es mi hijo, que pesa más el corazón que la cabeza. Pero no crean que espero que todos ustedes me comprendan, no, que lo único que quiero es que me escuchen. Ustedes no van a poder hacer nada por cambiar esto, ni yo tampoco lo pretendo, que quede claro. Bien sabe la vida que ya he aprendido a conformarme, a aceptar lo que venga con resignación. Soy pobre, pero no pendeja. Y no rezo cada noche para que mi situación cambie, lo que le pido a Dios es que me de fuerzas para seguir viniendo cada día, para que Domingo no acabe en el olvido como le pasa a la mayoría de los que están igual que él. Que eso es lo triste. Así terminan: en las celdas de esa maldita cárcel, sin posibilidades ya de salir porque nadie se acuerda de ellos, convirtiéndose en uno más, en uno de esos tantos.
...Míralo, ahí viene el “ayudante”, con esa cara de poder, como si no supiera que en realidad es tan desgraciado como yo...
Ya sabía que no me iba a hacer caso, pero tenía que intentarlo. Lo malo es que está anocheciendo y no dejé la cena preparada. Menos mal que Nuri se hará cargo. Que se está portando muy bien esa hija mía del alma a la que no supe encaminar. Ya me la puedo imaginar a ella dentro de diez años en este mismo lugar, sentada aquí donde yo estoy, trayéndole comida a uno de sus ahora pequeños. Porque la vida da vueltas y se repite. No quiero decir con ello que mi madre, que Dios la tenga en su gloria, se encontrara algún día en esta situación (no, eran otros tiempos, entonces no te metían en la cárcel, directamente te hacían desaparecer). Pero que alguien me explique si no cómo es posible que a ella la abandonara mi padre, que a mí me terminara dejando el que nunca llegó a ser legalmente mi marido (porque ya estaba casada con otra) y que el condenado ese que dejó preñada por tres veces a la Nuri desapareciera con la última barriga.
Mi pobre Nuri... No supe evitar que pasara por lo mismo que yo. Me quedé sola cuando los muchachos estaban en la edad más difícil, y entre el trabajo y la casa se me escapó. Por ser la más grande y hembra dejó de estudiar para ayudarme con los pequeños... Sí, qué bien lo veo ahora, de lejos, cómo se repetía la historia, pero entonces no fui consciente. Lo normal era que una chica ayudase a su madre en la casa. Y ahora ya no sabe, no puede hacer otra cosa.
Ni siquiera ha encontrado a un hombre que la trate mejor. En eso yo tuve más suerte. Ya grandes los muchachos apareció Francisco. A la Nuri no le hizo mucha gracia, al fin y al cabo era la que más se acordaba de su padre y de lo que me hizo sufrir. Pero Francisco es bueno. No soy la única, eso lo sé y lo acepto, no estamos ya para poner condiciones, pero me trata bien, trae dinero a casa y se porta con los muchachos, aunque no sean hijos suyos. Y las comadres por fin me dejaron en paz. “Que se te va a pasar el tiempo y la edad no perdona”, “que luego, con arrugas, ya no te va a querer nadie”, “que un macho es necesario en una casa”, “que no puedes quedarte sola”. Qué pesadas se pusieron.
...Bueno, ahí viene otra vez con su misma cara. A ver si ahora tengo más suerte...
Creo que me vuelvo a casa con la comida. Hoy ese desalmado tiene el día torcido, seguro que ha quedado con la novia después del trabajo y le querrá brindar unas cervezas, por eso no da el brazo a torcer. Como que no le hubiera dado yo el dinero si lo tuviera, con tal de que mi Domingo comiera caliente...
Me cuesta entender a estos desdichados. No paro de preguntarme si no tendrán madre, si no sentirán un mínimo de respeto, de compasión, por unas mujeres mayores que lo único que hacen es preocuparse por sus hijos. Qué malo es eso de creerse con autoridad. En realidad ellos no son más que unos pobres desgraciados, pero tienen fuerza ante nosotras, pueden jodernos la vida y lo hacen.
Yo me he esforzado por conseguir que mis hijos sean unos buenos muchachos, y lo he logrado, por eso digo que Domingo no se merece estar ahí dentro. Él nunca ha dado problemas, consiguió su trabajo en la fábrica, incluso participa en alguna actividad de la parroquia. Cierto que se toma su cerveza de vez en cuando, pero ni siquiera toca el ron, y a las dos novias que ha tenido las ha tratado con respeto. Pero tuvo que pasar por el puente en el peor momento. Mira que se lo advertí tantas veces: “Hijo, da el rodeo, aunque sea más largo el camino, evita el puente, que todos sabemos lo que se mueve allí”. Y le pilló la redada. Lo metieron con los demás en la furgoneta y para acá que se lo trajeron. No le encontraron nada, pero tampoco lo sueltan. No me pidan que les explique porqué. Aquí no hay motivo, simplemente las cosas pasan. Y digo aquí, porque me han contado que existen otros lugares en los que no ocurre esto. Yo no hago caso a habladurías, pero la gente sí se lo cree e incluso se va a buscarlo. Así alimentan a los tiburones, porque muchos no llegan, se quedan en el camino, se los traga ese mar traicionero. Como le pasó al hijo de la comadre María. La acompañé a que reconociera el cuerpo, si es que aquello podía llamarse cuerpo. Dios mío, no fui capaz de ver en esa masa de carne al Roque, al pequeño Roque que creció junto a Domingo y se dejó llenar la cabeza de sueños. La comadre sí lo reconoció, o al menos es lo que quiso creer, porque así pudo darle un entierro. Les parecerá tonto, pero consuela tener una tumba a la que visitar y llevar flores.
A mí me cuesta pensar que allí, en la otra orilla, hay algo mejor que esto. Quizá si lo viera con mis propios ojos… Pero no piensen que sería capaz de arriesgar la vida por ello. Mi sueño no es dejar mi país. Al fin y al cabo no se vive tan mal. Si la gente aprendiera a conformarse y a vivir en paz: comer, comemos todos los días, y un techo no nos falta. ¿Para qué más?
..Mira qué bien, se va el mamarracho ese, a ver si tengo más suerte con el que entre...
¿Ven porque no me quejo? Dios acaba sonriéndome siempre: el que ha entrado es ése al que llamamos “pequeño buena persona”.
“No se preocupe mi doña, que yo se lo hago llegar”, me ha dicho al coger la comida y la camisa. Ojalá y hubiera alguno más como él. Ahora ya puedo irme tranquila, andando, a pesar de que es un paseo largo, porque ni dos pesos llevo para la guagua, pero así me da tiempo para ser agradecida. Y a ustedes les dejo en paz. Alégrense por mí y no le den mente a todas las tonterías que dice una vieja cuando el cansancio le amenaza.
...Es más tarde de lo que me creía. Está oscuro. Espero que la vida me siga favoreciendo y me proteja en el camino que me queda por delante...


Monologo...


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Y aquí ando de nuevo muy, pero muy jodido entre ramales. Veo angustias acostumbradas en el polvo de esta calle mía, terca y torpe, golpeando las puntas del pasto verde torturado. No he nacido en las costillas blandas de la montaña que piso. Yo más bien, solía recordar a mi madre, como dulce prodigio, como tierra sepia. En el ocaso, siempre caminábamos juntos hacia el mar, ella y yo hacia el cielo azul. Las gigantes olas de las aguas del origen iban y venían en el vaivén de este mi planeta, mi pequeño y turbio mundo. Ahora, sólo cordilleras tengo a los lados, caminos y riachuelos cortados, casitas como miles de cajas, ladronzuelos y matones, negociantes hijoeputas, entre otras alimañas. Así es la vida, como buen acertijo de dioses imprudentes del trópico. ¡Ah, bueno claro! También he vivido al lado del oasis. Ofelia, ha sido mi mujer. Unas hermosas lunas bajo su cuello, la selva de almíbar cerca del ombligo, y atrás un gran sol doble, protegiendo su figura toda. En su centro, el lugar del inicio, donde viven los seres, su vientre de agua pura. De allí salieron niños, mis propios hijos. Unos ya en el cementerio, bajo crisantemos y cruces. Otros, labrando la aurora, sin pasta, ni ropa, tan jodidos, locos y sin modales como su padre. ¡Vaya herencia coño! De todos modos, no me quejo así no más, sé que exista el sitio a donde voy. Sobre el fogón del hogar del patrón, escupí. Pasé noches en el mismo infierno, peleando contra molinos y rapiñas. Las balas iban y venían también con la vida, la cárcel, y un desierto sin migas de pan caliente. Las golondrinas a veces huyen, yo no. La mujer de mi vida apretaba el gatillo en su mente, sola y ausente, quería morir. Triste sufría por la enfermedad de nuestro pequeño. Luego murieron ambos. Signos de interrogación había en el cuerpo de mi niño, un tumor maligno reía tras el costado de un ángel. Debo ahora recordar, las buenas cosas de esta flor de la vida. Con la muerte del pequeño, encontré una vida más, renací pues. Dejé la extraña manía de maldecir a los muy cabrones, que también maldecían sus vidas. Habían siempre muchos infelices y pobres, intentando joderse unos a otros como siempre. Ahora los bendigo. El asesino a veces sabe más de amor perdido, que otra cosa. Un tipo abandonado se vuelve quizás un absurdo corazón, sin tiernos deseos. ¿Será huérfano de la belleza? Alejado del afecto y lanzado contra la nada. En mi calle parece haber enemigos pero saben, si pienso bien, no es del todo así. En un huerto, juntos hacíamos algo común, glorioso encuentro de manos. Se juntaban las dudas, los cuentos y todo florecía, la mujer del vecino traía un trozo de algo para comer. Y hasta los pedacitos, se compartían en el edén donde nada había. Parecían familiares hermanos de alguna placenta quienes siempre conspiraban y peleaban. Esos días, no hubo guerras, mezquinos impulsos, ni rabia. A veces, no sabemos enterrar la ira y buscar la aurora entre todos. Para varios de nosotros, podría ser más fácil iluminarnos, la aurora se asoma apenas, ¡Coño, pero casi no la vemos! Debemos aprenderlo ahora. Hay ritos donde somos hermandad, se muestra la hermosura, el amor, pero a veces se esfuma. En mi historia, tengo unos hijos vivos, igual jodidos, igual hermosos. Tengo una casita de latas y pedazos de piedra, cartón, madera. Llueve y entra un río. Nosotros ponemos el calor, la alegría. Nada nos distrae de vivir la vida rodante. Ella no se detiene, sólo avanza a pasos medianos. Vienen tormentas, pleitos, coñazos con el poder, vainas con la injusta bregadera del absurdo, pero ahí vamos, lentos y alegres en la aurora. A pesar de todo, nada nos distrae, nada nos tumba el porvenir de levantarnos recios. Acá a mi lado, sigue Ofelia, el mar de mi madre vive ahora en mí. Su agua me acobija, y mis hijos son miles y miles. Mi clan es mayor, ya no es de sangre, es de espíritu. Cada noche el rancho suena como el mar de mi madre. El oleaje va y viene como destino simple, como belleza y elixir de vida. Ofelia ya no vuela, duerme en la sombra de las alegres casas malhechas, el río casi seco que resiste, y las gentes. No pido más.

De cara al sol...


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Cabalgarás a contra orden en primera línea. Te llamará el peligro, la osadía, los deseos, la luz eterna. Caerás del caballo, por un golpe extraño, desconocido hasta ahora. Quedarás boca arriba, de cara al sol. Te sentirás convertido en otros pero siendo siempre tú. Cuando repares en el sol, cuando sientas sus rayos en el rostro, intentarás regalarle una sonrisa. Sentirás un breve dolor, un agudo dolor, un sonoro dolor, penetrando como ráfaga en tu carne. Sabrás que eres tú ese mismo que asalta el cuartel Moncada; que eres tú ese que reprime el grito cuando le arrancan los ojos. Te verás viajando a otro país, en casas de seguridad, buscando armas, haciendo preparativos para la libertad. Sentirás el necesario temor cuando desembarcando en tu patria los reciban las balas del tirano deshaciendo casi por completo la expedición, será, apenas, tu sentido de la orientación el que te salve. El calor y la humead de la sierra no te dejarán en paz, las botas estarán pesadas, el fango te llegará hasta el pecho. La sed, la maldita sed, te secará la boca pero no te impedirá saborear la victoria con los tuyos cuando declares que se han ganado el derecho de empezar. Te llenarás de heroísmo los pulmones en Girón. Aunque la disnea te impida respirar y sientas esas contracciones en el torso, tus sueños te llevarán hasta Bolivia. Sentirás lo quemante de una bala en tu pierna, escupirás a un oficial que querrá humillarte, quedarás, después, inmóvil, como en un sueño, sin sentir pero sintiendo, con tu rostro angelical. Llorarás cuando la muerte te bese las barbas y el asma. Te ahogara el calor, ni siquiera las palmas frescas te aliviarán. Todo es un segundo, todo te parecerá una eternidad. Acostado, mirando el cielo, descubrirás verdades en él y en las hojas de los árboles. Escucharás, a la distancia, la entrada de los tanques en Moneda, los disparos, las injurias, el último mensaje de un buen hombre; te llenarán de escupitajos, serás muerto nuevamente en el estadio, junto a otros miles. El sudor recorrerá tu frente, querrás gritar y levantarte, andar en el caballo, cabalgar al infinito, ahogar las penas y la angustia, terminar con la tortura, querrás matar para poder vivir. Serás desaparecido, te buscarán las abuelas, las Madres de Plaza de Mayo, reirás de tan feliz cuando te encuentren. Llorarás inexorablemente. La vista se te irá nublando, poco a poco, sin oportunidad de nada más. Se extinguirá el aire por más que intentes aspirarlo. Todos los dolores de tu tierra se posarán en tu pecho, en tu pierna, en tus brazos, en tus ojos, en tu angustia, en tu ausencia. Sentirás como las fauces de la bestia en que viviste casi se tragan a ese pedazo del mundo, a esa isla hermosa. Sentirás que vuelves a nacer, a vivir, a pelear, a ganar, aunque ya casi no respires, aunque la vista se te nuble.

El calor, la sed, el cansancio, se extinguirán, no tendrás más dolor, ni nada. Tus músculos quedarán relajados debajo del uniforme guerrillero que con tanto ahínco y sacrificio te ganaste; quedarán la levita y las antiparras en tu mochila inseparable junto a tu confidente diario de campaña. La sangre brotará de ese orificio hecho por la bala, regará la tierra, le dará vida. Todo se oscurecerá. Caerá el fusil acompañándote, dormirá a tu costado izquierdo. Sabrás que el mundo se te acaba. Que la oscuridad te irá bebiendo. Que la tierra te reclama para ser semilla. Mirarás al infinito, en él observarás lo que soñaste, lo que peleaste. Verás a los tuyos rompiendo las cadenas. Escucharás a Venezuela gritando “yanquis de mierda”; a la indígena Bolivia levantarse, llenarse de júbilo y verdad; a Ecuador decidiendo su destino. Tus ojos mirarán a la América mestiza siendo ella, libre, independiente, soberana.

Nadie, José, nadie entenderá porque ahora que la bala te está matando, se te dibuja una sonrisa. Nadie, Martí, nadie, entenderá porque te vas alegre, pese a todo. Nadie, José, nadie, entenderá porque te vas sereno, hermoso. Nadie entenderá que mueres para empezar a vivir eternamente con los pobres de la tierra. Nadie entenderá que te vas contento porque desde Dos Ríos, a instantes de la muerte, tú José, tú Martí, sabías que seríamos para siempre libres. Por eso, tú, José Martí, exhalas, este 19 de mayo de 1895, el último y contento aliento, de cara al sol como soñaste.

jueves, 1 de marzo de 2018

La Yegua.....


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Ana María lleva veinte años casada y seguía enamorada de su marido. Por supuesto, hoy ya no eran un par de lirios, mermada la lozanía, el vigor y la potencia. Pero ella siempre decía que deseaba envejecer junto a Víctor y veía el deterioro como una fase más, insalvable, inevitable, inexorable. Le gustaba decirle por teléfono a su amiga Barbará estas palabras comenzadas en in, las sentía potentes y seguras de sí mismas. Apuntaba a la ternura como reemplazo del deseo y soñaba con escenas pertinentes, ambos abrazados en la cama matrimonial viendo una película en DVD o cruzando, protector él, la calle de la mano en alguna ciudad distinta, de las muchas que aun deseaban conocer. Si se empeñaba, la vejez les traería una dulzura desconocida y reconfortante. Aun así, por su puesto, no se resignaba al paso de los años. Su apariencia había derivado en su mayor ocupación, bien sabia que Víctor era un hombre guapo y no le pasaban inadvertidas sus ocasionales tendencias a actuar como un seductor. ¿Ocasionales?, le pregunto una vez Barbará por teléfono y ella se alarmo, luego se enojo y no llamo a su amiga por una semana. Ana María ejercitaba su cuerpo con disciplina. Practicaba la equitación en su parcela al lado de la ciudad, Baby- la yegua – era, después de su marido y sus hijos, lo más cercano a su corazón. Asistirá cuatro veces a la semana al gimnasio, se privaba de la grasa y los dulces y llevaba una cuidadosa contabilidad de las calorías diarias que ingería. Además, se hacía masajes tanto reductivos como de relajación y nunca faltaba a la cita con el peluquero que incluía la tintura de las canas, el corte, la pedicura y la manicura. A veces se agotaba consigo misma y la embargaba la tentación de dejarse estar, entregarse por fin a vivir la edad que tenia. Después de todo, si era una opción para otras mujeres, ¿Por qué no para ella? Pero prefería tentación, y se decía con paciencia, vamos Ana María, no todas tienen maridos apuestos como el tuyo, eso impone obligaciones. Y luego agregaba, severa, ¿Cómo resistir el asedio de las mujeres jóvenes si no peleo contra la decadencia? Las mujeres jóvenes era la nomenclatura para todo objetivo donde se posaran los ojos de Víctor, todo foco que no fuese ella. Era el fantasma, el miedo, el mal. ¡Como las aborrecía! Trataba de convencerse de que eran todas tontas, superfluas, incultas. Había llegado a formular una regla aritmética: a mas culo y mas busto, menor coeficiente intelectual. Así se calmaba. También penando en los hijos y en lo hogareño que era Víctor, en como gozaba de la vida en común, de la casa tan bonita y tan cara-, del asado del día domingo en el jardín, de los hijos con sus novias, de la perfecta disposición de alguna mano mágica para su bien vivir. Todo aquello parecía imposible con una mujer joven. Y sin embargo, la idea de ser abandonada era su peor pesadilla. El fracaso es como la peste, se decía, huele mal, aleja, hace huir a los demás. Nadie se siente cómodo al lado de un al fracasado. Al principio te consuelan, luego escapan, ya lo sabía ella, lo había hecho tantas veces. A Ana María le complacía sobremanera su vida en la cama. Volvía a enamorase de su marido con cada orgasmo, atestiguar la lujuria en sus ojos le confirmaba ser objeto de su amor. (Además, le parecía importante sentir la recompensa luego de tanto esfuerzo.) A veces, en muy raras ocasiones, se pregunto si era el sexo lo que de verdad le gustaba o si era Víctor comprometido en el sexo con ella. Se consolaba serenamente con que el tiempo era largo, hoy en día se podía hacer el amor eternamente, y de paso daba gracias a los científicos por haber inventado esa píldora azul, para el día en que resultase necesaria. Y el día llego, antes de lo pensado. Un pequeño tumor en la próstata si hay que extirparlo, nada del otro mundo. Así aseguro el doctor y Ana María como una de las mujeres jóvenes, insinuó que para eso estaban ellas. Ana maría la hizo callar con una sola de aquellas miradas que guardaba par las enemigas. Como buena esposa abnegada, dejaba la clínica de noche, poco después de que la impertinente enfermera empezara su turno, se iba a dormir a casa y volvía prontamente, a las nueve de la mañana, para instalarse al lado de su marido y comprobar el pulso, la fiebre, la presión, los medicamentos. Relájate, mi amor, le decía él, estoy estupendamente bien. Víctor volvió a casa sano y salvo. Pasaron varios días y Ana María pensó que, junto con la mejoría de su marido ya le correspondía obtener la recompensa a la que aspiraba: la lujuria en sus ojos. Pero no la encontró. Dejo pasar más días y temía perder su paciencia, tan estudiada por que la siempre se le confundía con la dignidad. Ensayo lo conocido, esa camisa de dormir negra escotada, la película francesa levemente erótica, la copa de buen vino en la cama, los susurros al oído. Nada. Pensó si seria aun pronto, que toda operación deja sus secuelas, y postergo el intento. Pero siguieron pasando los días y nada parecía encender a su mirado. La inquietud empezó a invadirla. ¿Andará con otra, Barbará?, dime, ¿Qué crees tú? Al teléfono era capaz de desahogarse y de pedir ayuda. En persona, Barbará no le gustaba mucho, la prefería a través de la línea. Además, cuando se juntaban a almorzar, a su amiga le daba por quejarse de sus problemas económicos y Ana María le daba vergüenza no ser pobre. Habla con él. Así de rotundo fue el consejo de Barbará. Y lo hizo. Víctor, como todo marido, detestaba las conversaciones personales sobre la situación de la pareja, pero esta vez se allano a hablar, con una receptividad poco común en el. Y lo que le dijo fue que la libido se le había esfumado, que él no podía entender que había sucedido, pero que el pequeño tumor en la próstata se la había llevado. No es un tema de performance solamente, Ana María, es más grave…El sexo no me interesa, como si me hubieran operado el cerebro. Ana María escucho estupefacta. Acordaron que Víctor visitara a un especialista. Pero esa noche, mientras el roncaba a su lado, ella sintió una pequeña brisa fresca en el pecho que le pareció tan extraña que opto por ignorarla. Cuando al día siguiente debía madrugar para asistir a su hora de gimnasio decidió quedarse en cama, se pego al cuerpo tan amado de su marido y se dijo, que tanto, hoy no iré, y durmió una hora más a su lado, tibia y contenta. De repente, ese cuerpo le resulto un cuerpo que no la desafiaba. Decidió pasar el día en la parcela montando a Baby, volcar sobre ella su vigor, y tocarla. Siempre reluciente ese pelaje casi rojo, brillante como la cascara de una castaña, caliente el hocico que hurgaba su mano en busca de un trozo de azúcar. Perfecta Baby, por eso le gustaba tanto. Pero pasado un corto tiempo no pudo ignorar las sensaciones que la asaltaban. Fueron tres sus reacciones, una tras otra. La primera: debo ser una buena esposa, prometí estar a su lado en las buenas y en las malas, me corresponde la comprensión. Es como cuando los maridos vuelven de la guerra, se dijo, claro que el quiste en la próstata fue una pequeña batalla, pero las mujeres decentes los apoyan hasta el final. La segunda: tengo tanta rabia, me enfurece todo este asunto, y no veo que este agitándose con doctores ni recuperaciones, ¿Qué se cree, que la impotencia es gratis y no tiene consecuencias?, ¿Qué es esto de ser la pareja de un hombre sin deseo? La tercera: Es que, ¿sabe, Barbará?, ya no pienso las veinticuatro horas del día en las mujeres jóvenes. La falta de libido también corre para ellas, quizás esta sea la gran solución. Pero, Ana Mari ¿no se supone que a ti te gusta el sexo? Si pero más me gusta la fidelidad, respondió con voz segura, percatándose en ese mismo instante que acababa de hacer aflorar una verdad que desconocía. Y, de súbito, algo muy gratificante la envolvió, como un abrigo de alpaca en una noche helada: sintió que por fin ella manejaba la situación. A un marido imponente se le controla. Pisaba tierra firme. Empezó a gozar de un nuevo estatus. Y a engrandecerlo. No es el cambio el que de verdad duele, se dijo, es la resistencia a él. Y se sintió iluminada, como un monje de Tíbet que encuentra la armonía en el fluir. Tomo el diccionario de la Real Academia y busco la palabra celibato y castidad. No le acomodaron las definiciones y prefirió otras más elocuentes: resignación, sublimación y, continuando con ese sonido que le gusto, liberación. Te cuento, Barbará, que me puse a ordenar el closet. Cuando llegué al cajón donde guardo las camisas de satín y metiéndolos al fondo, donde ni los veo. ¡Bien venido el cómodo y anticuado pijama de franela! Pero, Ana María, ándate con cuidado, ¿y si el tratamiento le devuelve la energía sexual y te encuentra vestida en la cama como tu abuela? Que tratamiento ni que nada, la libido es o no es, como la fe. Acuérdate que no es la erección el problema. Y dime tú, ¿Quién puede inventarte ganas que no tienes? El punto, Barbará, es que no es culpa mía. ¡Que alivio! Siempre al teléfono, sin reconocerle a nadie que Barbará le aburría frente a frente, le explico su eterno terror a la invisibilidad. Aquello si la asustaba porque entonces sí, Víctor podía dejarla por otra. La vida de Ana María empezó a cambiar. Cada viaje que Víctor hacia por razones de trabajo dejo de ser una amenaza, una espina en su ego, ya no había nada que temer de esta especie de hermano tendido a su lado, tierno como una canción infantil. El insistente seductor dormía. Recordó a su madre afirmando, a propósito de la decadencia de un tío a quien le gustaba jugar en el casino más de la cuenta: no se reformo; simplemente se quedo sin energías. Las mujeres jóvenes dejaron de repelarle. La vida en el hogar tomaba caracteres de largo plazo, solida y ya moldeada como un jarrón de hierro de alguna cultura antigua, el no se escaparía en puntillas ante la insistencia de la otra. El esfuerzo desafortunado por mantenerse joven fue cediendo poco a poco, la desnudez no parecía relevante, ¿para que tanto trabajo y desvelo? Tener un amante para suplir las carencias de su esposo no entraba en sus planes. Barbará se lo había sugerido pero su rechazo fue inmediato y pertinaz. No necesitaba un amante, no necesitaba el sexo, ya había tenido la cantidad suficiente, ahora disfrutaba de conceptos a sus ojos más confiables que el deseo. La serenidad. La seguridad. Sus hijos notaron ese cambio. Y les gusto. Antes había puesto toda su energía en maquinas, manos ajenas, diuréticos, productos magros, litros de agua, bisturís, convirtiendo su cuerpo en templo inaccesible que tendía a encerrarse en sí mismo y en privado, a curvarse en la sombra como un cachorro asustado. Víctor estaba de viaje. Ana María decidió hacerse el tarot. Su reciente equilibrio merecía ser validado. Soñó con cartas amables y lecturas apaciguadas. La misma Barbará le dio el dato y la dirección. Partió a un barrio que nunca visitaba, uno de esos que explican los siete millones de habitantes que le asignan a la ciudad. Se preparo meticulosamente para no perderse, hasta le pidió uno de sus hijos que se lo mostrara en el mapa de Google. Salió de su casa con anticipación, no debía llegar tarde a esa cita que le habría costado tanto conseguir. Disfruto mucho de la visita tan cercana de la cordillera nevada que la distraía al voltear el rostro a la izquierda del volante esa mañana clara de final de otoño. Mientras conducía hacia el oeste pensó en cuan reducido era su diario recorrido, su propia mirada urbana, y se prometió a sí misma, con optimismo, que lo remediaría. La gente como yo vive con ciertas orejas, se dijo con severidad, juzgando que aquello no podía ser positivo. Al llegar al lugar indicando miro su reloj de pulsera y comprendió que estaba adelantada. Pensó que las mujeres que trabajaban nunca aparecían antes de la hora a sus compromisos. Quince minutos. Bueno, escuchare la radio, se dijo, para que iba abandonar el auto, se sentía tibia y cómoda en aquel encierro. En ese instante sonó su teléfono celular. Demoro en encontrarlo adentro del amplio bolso de cuero y el sonido le pareció chillón y estridente en medio de esa calma. ¡Mama ¡ Se escapo Baby! Era su hija menor llamando desde la parcela. ¿Que dices? Te juro que es cierto, mama, se escapo del establo y no la han encontrado. ¿Cómo puede haberse escapado, es que no tiene puerta el establo?, la voz de Ana María conteniendo la ira. Dio las instrucciones del caso. Sintió tan estéril la llamada de su hija, como si ella pudiese hacer algo desde la ciudad frente a una yegua que se escapa, minutos antes de entrar a verse el tarot. Pero no era una yegua cualquiera, era su Baby, estaba bien, decidió, intuyendo la existencia de una cierta seguridad deformada en el dolor conocido. Y esto le parecía demasiado nuevo. Para apurar los minutos que faltaban, concentro la vista en las casas de la vereda del frente. Eran edificios modestos pero dignos, todos muy parecidos entre ellos, pareados, sus fachadas de cemento pintadas de un blanco antiguo y mortecino, los pequeños ante patios limpios y bien barridos, las cortinas aunque con mínima prestancia colgaban como Dios manda. Se imagino cocinas pequeñas, probablemente con demasiado olor a comida y un poco desordenadas pero acogedoras. Los dormitorios deben ahogar por su tamaño y los baños deben tener linóleo en vez de cerámicas, pero estarán ventilados y el aseo será fácil. Recordó que alguna vez quiso estudiar arquitectura. Distraída diviso a cierta distancia una figura que le resaltaba vagamente familiar. Pero si no conozco a nadie de esta parte de la ciudad, le reprendió a su imaginación. Sin embargo, a medida que se acercaba, reconoció aquella enfermera impertinente de la clínica donde habían operado a Víctor. Una de las tantas mujeres jóvenes que la torturaban en su antigua existencia. Que extraño volver a verla, se dijo Ana María. Debe vivir por aquí, que buen ojo tengo, la reconocí aun sin el uniforme. Es bastante bonita, aunque eso ya lo pensé cuando la vi en el hospital, no niego que me cayó mal de inmediato. Todo esto se dijo Ana María mientras la mujer en la vereda del frente se detenía un instante, dejaba la bolsa de pan que traía en una de sus mano sobre la reja de un jardín y con la otra mano trajinaba la cartera, buscando las llaves, supuso Ana María. Miro bien el número de la casa, no no era al que ella se dirigía, no era el lugar del tarot, por suerte. Y antes que la enfermera consiguiera encontrar la llave, la puerta de su supuesta casa se abrió. Un hombre mayor, calzando zapatillas de levantarse y enfundado en una bata, alto, macizo y con el pelo claro, un hombre guapo, la llamo. ¡Mi amor! Al levantar ella la cara, se suavizo su expresión y en un instante corría a sus brazos. Ana María demoro unos segundos en reconocer al hombre que llamaba a la enfermera. Apenas lo que tarda una mente para caer en cuenta de la realidad. A lo lejos creyó escuchar el relincho de una yegua.

Bienvenida al año 2018

"40">Muchas Bendiciones Para el año 2018

lunes, 26 de junio de 2017

Ordeña....


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Mamá estaba ordeñando en el establo cuando Perico llegó del Colegio de Bachilleres. No era común verlo a esas horas, ya que salía de clases a las ocho de la noche y apenas eran las seis de la tarde. Pero mamá no le preguntó nada; si salió temprano sería porque no tuvo clases. Cuando Perico llegaba a la hora normal, la encontraba sentada en la cocina zurciendo calcetines o medias de futbol de él con un huevo de madera. El muchacho se acomodaba en una silla en el rincón más cercano al calor de la estufa.
Mamá le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café, y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares adonde la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir… Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado un hijo tan tesonero.
—Vas a llegar muy alto Perico —le decía.
zurciendo calcetines
Lo acompañaba a estudiar hasta tarde, cabeceando, nomás por el gusto de estar con él y para que a él no le diera sueño. Así lo había acompañado desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos y encendía uno en la flama de la estufa. —Vacía esta cubeta en el bote grande —le dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo no iba a dedicarse a eso. Sin embargo esta vez Perico le dijo que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras ella volvía a llenarla, quitó sus libros del banquito y se sentó en él.
—Mamá —le dijo.
Ella no le contestó, pero el muchacho se dio cuenta de que le había oído.
—Mamá, ¿no le gustaría enseñarme a ordeñar?
Ella no le contestó. Siguió haciendo su trabajo. Perico se sintió incómodo y volteó para otro lado. Pasando las bardas el monte comenzaba a ensombrecerse.
—Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho trabajo pa usté sola.
Ella le pasó otra vez la cubeta llena de leche y, cuando el muchacho se la devolvió, le dijo:
—Órale pues, ayúdame. Llévate esta vaca al corral y tráeme la otra. Me la amarras aquí mismo.
Perico hubiera querido no empezar tan pronto, pero obedeció. Mamá pensó que ya era mucho comedimiento, viniendo de él.
—¿Quieres que te dé dinero?
—No, mamá, si fuera eso se lo hubiera pedido luego.
—Entonces, ¿qué mosca te picó?
—Quiero ayudarle, ma.
—Ya me ayudarás cuando termines tu carrera. Te voy a dar un cinturón que era de tu papá pa que me lo rellenes de oro.
—Uuh, ma, con una carrera no se hace uno rico.
A mamá empezó a cambiarle la cara. Perico tenía las rodillas cubiertas de moscas verdes, y los zapatos, esmeradamente boleados por la mañana, se los había ensuciado de estiércol.
—¿De veras es para usté tan importante que yo estudie?.
Perico no pudo aguantarse más las ganas de fumar y sacó un cigarro. Iba a encenderlo cuando mamá se lo botó de un manazo.
—Delante de mí no fumas.
—Mamá, ni me está haciendo caso. Le pregunté que si es tan importante para usté que yo estudie una carrera.
—Para eso trabajo como mula en lugar de que trabajes tú.
—Por eso ya le dije que le quiero ayudar.
—¿Dejando la escuela?
—Yo no he dicho que la voy a dejar.
—Ah, bueno —mamá volvió a su tarea, que había interrumpido para prestarle atención a su hijo.
—Ya vete p’allá adentro que no me dejas acabar, ándale.
—Pérese ma, yo tampoco todavía no acabo.
El sol ya casi pegaba, a lo lejos, con unos cerros sarnosos que decían en enormes letras de cal Ixmiquilpan con el PRI.
—¿A usté le cái bien Araceli?
—Es buena muchacha, nomás que no me gusta su familia: son borrachos y peleoneros todos.
—Pero ella, ¿le gusta a usté para mí?
—Pues si tú la quieres… —le dio la cubeta llena de leche— Al fin nomás es tu novia. No te has de casar con ella.
—¿Y si sí? —Perico se tapó la boca.
—Si sí, tendrás que esperarte hasta que acabes tu carrera. Antes no. Porque yo no voy a mantener a tu mujer aparte de mantenerte a ti. Aunque quisiera. No recojo el dinero con la pala.
Perico se quedó callado, sin saber cómo seguir, rascándose el mezquino que le había salido en un dedo por señalar el arcoiris.
atardecer en el rancho
—Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo del profesionista y luego se les van los ojos.
Perico hubiera querido terminar de decirle todo, mas el tiempo no le alcanzó. Una camioneta que traía ya las luces encendidas entró al rancho y se detuvo frente a ellos. Perico tragó saliva cuando vio bajar al padre y al hermano mayor de Araceli, los dos con sombrero, con patillas y bigotes.

El padre se adelantó hacia mamá, descubriéndose, y el hermano bajó a la fuerza a Araceli.

La Jaula de la tía Enedina....


jaula-de-pajaros

Desde que tenía ocho años  me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.
Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.
Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.
Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.
La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto…ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.
A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un canario que por más empeño que puse no podía regalarle.
Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos, se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara.
Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.
Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.
Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible.
Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.
Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…

miércoles, 4 de enero de 2017

Pelos...




madre! ¡Me ha salido un pelo! -dijo el pequeño surubí.
En efecto, una mañana de junio de mil novecientos y pico, un jovencísimo surubí que nadaba como todos los días en el Río de la Plata se descubrió un pelo en la cabeza.
La madre se sorprendió bastante porque -ya se sabe- los peces no tienen pelos. Pero como hacen todas las madres, enseguida lo mandó a peinarse y listo.
Así empezó la mayor rareza de la historia peluda y acuática.
Porque ese pelo era apenas el principio de muchos otros pelos que vendrían. Y no sólo para el surubí, sino para todos los demás peces del río.
La causa era bien simple:
El marinero de un remolcador había volcado en el agua, por accidente, un frasco de tónico capilar.
El pobre ni se imaginó las novedades que eso iba a producir en el fondo del río.
A los sábalos les salió una melena enrulada. A los dorados, una cabellera larga y lacia.
Los patíes y los pejerreyes empezaron a peinarse con flequillo. Al principio se sentían raros con la nueva facha, pero después todo el mundo estaba encantado con sus pelos.
Las hijas más chicas de una familia de dientudos salían de paseo con trenzas.
Las palometas y las viejas se hicieron la permanente.
Nadie hablaba de otra cosa.
-¡Qué bien te queda el brushing, Ernestina! -le decía una boga a su amiga-. Yo hoy tengo el pelo horrible con tanta humedad.
Y también:
-¡Papá, quedé ciego!
-No, nene. Es el pelo que no te deja ver -protestaba el pacú-Ñata-, ¿a este chico lo dejan entrar así a la escuela?
En cada esquina había una peluquería. Y en cada peluquería los peces se ondulaban, se alisaban, se cortaban, se estiraban, se teñían, se afeitaban, todo mientras leían revistas.
Entre los juncos crecieron grandes fábricas de peines, peinetas y gorras de baño; de champúes y fijadores; de vinchas, hebillas y secadores de pelo.
Pero nada dura en esta vida…
Y un día todo terminó como había empezado.
Una señora que volvía del Delta en una lancha colectivo dejó caer en el agua un frasco de crema para depilarse. Destapado, el frasco. Y así fue como los hermosos pelos empezaron a desprenderse de las cabezas.
Primero vinieron las calvicies y, poco a poco, avanzó la peladez.
El disgusto de los peces fue enorme. Era lógico: habituados ya a sus melenas, se veían feos sin ellas.
Y no había peluca que parara semejante desastre.
Muchos, para disimular, se raparon la cabeza y se hicieron punkies o cantantes de rock pesado.
El único que conservó restos de la era pelosa fue el bagre, que aún hoy tiene bigotes.
Así, los peces volvieron a ser como han sido siempre: calvos como huevos.
Pero todavía hoy siguen sin entender qué les pasó y por qué los pelos son cosas que aparecen y desaparecen tan locamente.
Por eso, para evitarles problemas, es mejor no tirar cosas raras al río.

viernes, 30 de diciembre de 2016

EL AMIGO DEL AGUA.....


piano

El señor Algaroti vivía solo. Pasaba sus días entre pianos en venta, que por lo visto nadie compraba, en un local de la calle Bartolomé Mitre. A la una de la tarde y a las nueve de la noche, en una cocinita empotrada en la pared, preparaba el almuerzo y la cena que a su debido tiempo comía con desgano. A las once de la noche, en un cuarto sin ventanas, en el fondo del local, se acostaba en un catre en el que dormía, o no, hasta las siete. A esa hora desayunaba con mate amargo y poco después limpiaba el local, se bañaba, se rasuraba, levantaba la cortina metálica de la vidriera y sentado en un sillón, cuyo filoso respaldo dolorosamente se hendía en su columna vertebral, pasaba otro día a la espera de improbables clientes.
Acaso hubiera una ventaja en esa vida desocupada; acaso le diera tiempo al señor Algaroti para fijar la atención en cosas que para otros pasan inadvertidas. Por ejemplo, en los murmullos del agua que cae de la canilla al lavatorio. La idea de que el agua estuviera formulando palabras le parecía, desde luego, absurda. No por ello dejó de prestar atención y descubrió entonces que el agua le decía: “Gracias por escucharme”. Sin poder creer lo que estaba oyendo, aún oyó estas palabras: “Quiero decirle algo que le será útil”. A cada rato, apoyado en el lavatorio, abría la canilla. Aconsejado por el agua llevó, como por un sueño, una vida triunfal. Se cumplían sus deseos más descabellados, ganó dinero en cantidades enormes, fue un hombre mimado por la suerte. Una noche, en una fiesta, una muchacha locamente enamorada lo abrazó y cubrió de besos. El agua le previno: “Soy celosa. Tendrás que elegir entre esa mujer y yo”. Se casó con la muchacha. El agua no volvió a hablarle.
Por una serie de equivocadas decisiones, perdió todo lo que había ganado, se hundió en la miseria, la mujer lo abandonó. Aunque por aquel tiempo ya se había cansado de ella, el señor Algaroti estuvo muy abatido. Se acordó entonces de su amiga y protectora, el agua, y repetidas veces la escuchó en vano mientras caía de la canilla al lavatorio. Por fin llegó un día en que, esperanzado, creyó que el agua le hablaba. No se equivocó. Pudo oír que el agua le decía: “No te perdono lo que pasó con aquella mujer. Yo te previne que soy celosa. Esta es la última vez que te hablo”.

Como estaba arruinado, quiso vender el local de la calle Bartolomé Mitre. No lo consiguió. Retomó, pues, la vida de antes. Pasó los días esperando clientes que no llegaban, sentado entre pianos, en el sillón cuyo filoso respaldo se hendía en su columna vertebral. No niego que de vez en cuando se levantara para ir hasta el lavatorio y escuchar, inútilmente, el agua que soltaba la canilla abierta.

La mano.....

 Resultado de imagen para la mano
A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio: – La leprosa.
Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile. No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.
Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. “Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es psíquico”.
Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.

Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.
Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.
Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando.

sábado, 23 de abril de 2016

Espantos de Agosto....


Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar. 

– Menos mal – dijo ella – porque en esa casa espantan. 

Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos de1 medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente. 

Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo. 

– El más grande – sentenció – fue Ludovico. 

Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor. 

El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico. 

Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio. 

Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar. 

Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no. 

Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el más apacible de los inocentes. Qué tontería – me dije –, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

La Historia se repite....

Resultado de imagen para Nochebuena
Cuando éramos niños esperábamos ilusionados la Nochebuena.

Redactábamos una ingenua carta con una enorme lista de "Quiero que me traigas", y pasábamos contando los días con un aparato que llamábamos "Ya solo faltan".

Y cada mañana nos asomábamos a ver cuantos días faltaban para Navidad.

Pero a medida que se acercaba el día, las horas se nos hacían eternas y pasaban llenas de advertencias de "Si no te portas bien".

Gozábamos las posadas, visitábamos a la familia, íbamos de compras, llenábamos de focos nuestro pino hasta que, por fin, llegaba la anhelada Nochebuena.

La casa se llenaba de alegría y, con la mágica aparición de los regalos, las ilusiones se volvían realidad y, por un momento, olvidábamos el verdadero significado de la Navidad.

Hoy nuevamente llega la Nochebuena y la historia se repite con los hijos, que pasan los días redactando borradores de tiernas cartas con una imaginación sin límites. Piden, piden y piden: juguetes, pelotas, muñecas, "O lo que me quieras traer".

Y mientras a los niños la Navidad los llena de ilusión, a los adultos nos llena de esperanza y nos permite convivir con la familia regalándonos unos a otros cariño y buenos deseos, brindando por nuestros éxitos, apoyándonos unos a otros, apoyándonos en nuestras derrotas y tratando de entendernos.

¡Porque la mejor forma de festejar el nacimiento de Jesús es llamando al que está lejos, olvidando rencores tontos y resentimientos necios... amando y perdonando!