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jueves, 1 de marzo de 2018

La Yegua.....


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Ana María lleva veinte años casada y seguía enamorada de su marido. Por supuesto, hoy ya no eran un par de lirios, mermada la lozanía, el vigor y la potencia. Pero ella siempre decía que deseaba envejecer junto a Víctor y veía el deterioro como una fase más, insalvable, inevitable, inexorable. Le gustaba decirle por teléfono a su amiga Barbará estas palabras comenzadas en in, las sentía potentes y seguras de sí mismas. Apuntaba a la ternura como reemplazo del deseo y soñaba con escenas pertinentes, ambos abrazados en la cama matrimonial viendo una película en DVD o cruzando, protector él, la calle de la mano en alguna ciudad distinta, de las muchas que aun deseaban conocer. Si se empeñaba, la vejez les traería una dulzura desconocida y reconfortante. Aun así, por su puesto, no se resignaba al paso de los años. Su apariencia había derivado en su mayor ocupación, bien sabia que Víctor era un hombre guapo y no le pasaban inadvertidas sus ocasionales tendencias a actuar como un seductor. ¿Ocasionales?, le pregunto una vez Barbará por teléfono y ella se alarmo, luego se enojo y no llamo a su amiga por una semana. Ana María ejercitaba su cuerpo con disciplina. Practicaba la equitación en su parcela al lado de la ciudad, Baby- la yegua – era, después de su marido y sus hijos, lo más cercano a su corazón. Asistirá cuatro veces a la semana al gimnasio, se privaba de la grasa y los dulces y llevaba una cuidadosa contabilidad de las calorías diarias que ingería. Además, se hacía masajes tanto reductivos como de relajación y nunca faltaba a la cita con el peluquero que incluía la tintura de las canas, el corte, la pedicura y la manicura. A veces se agotaba consigo misma y la embargaba la tentación de dejarse estar, entregarse por fin a vivir la edad que tenia. Después de todo, si era una opción para otras mujeres, ¿Por qué no para ella? Pero prefería tentación, y se decía con paciencia, vamos Ana María, no todas tienen maridos apuestos como el tuyo, eso impone obligaciones. Y luego agregaba, severa, ¿Cómo resistir el asedio de las mujeres jóvenes si no peleo contra la decadencia? Las mujeres jóvenes era la nomenclatura para todo objetivo donde se posaran los ojos de Víctor, todo foco que no fuese ella. Era el fantasma, el miedo, el mal. ¡Como las aborrecía! Trataba de convencerse de que eran todas tontas, superfluas, incultas. Había llegado a formular una regla aritmética: a mas culo y mas busto, menor coeficiente intelectual. Así se calmaba. También penando en los hijos y en lo hogareño que era Víctor, en como gozaba de la vida en común, de la casa tan bonita y tan cara-, del asado del día domingo en el jardín, de los hijos con sus novias, de la perfecta disposición de alguna mano mágica para su bien vivir. Todo aquello parecía imposible con una mujer joven. Y sin embargo, la idea de ser abandonada era su peor pesadilla. El fracaso es como la peste, se decía, huele mal, aleja, hace huir a los demás. Nadie se siente cómodo al lado de un al fracasado. Al principio te consuelan, luego escapan, ya lo sabía ella, lo había hecho tantas veces. A Ana María le complacía sobremanera su vida en la cama. Volvía a enamorase de su marido con cada orgasmo, atestiguar la lujuria en sus ojos le confirmaba ser objeto de su amor. (Además, le parecía importante sentir la recompensa luego de tanto esfuerzo.) A veces, en muy raras ocasiones, se pregunto si era el sexo lo que de verdad le gustaba o si era Víctor comprometido en el sexo con ella. Se consolaba serenamente con que el tiempo era largo, hoy en día se podía hacer el amor eternamente, y de paso daba gracias a los científicos por haber inventado esa píldora azul, para el día en que resultase necesaria. Y el día llego, antes de lo pensado. Un pequeño tumor en la próstata si hay que extirparlo, nada del otro mundo. Así aseguro el doctor y Ana María como una de las mujeres jóvenes, insinuó que para eso estaban ellas. Ana maría la hizo callar con una sola de aquellas miradas que guardaba par las enemigas. Como buena esposa abnegada, dejaba la clínica de noche, poco después de que la impertinente enfermera empezara su turno, se iba a dormir a casa y volvía prontamente, a las nueve de la mañana, para instalarse al lado de su marido y comprobar el pulso, la fiebre, la presión, los medicamentos. Relájate, mi amor, le decía él, estoy estupendamente bien. Víctor volvió a casa sano y salvo. Pasaron varios días y Ana María pensó que, junto con la mejoría de su marido ya le correspondía obtener la recompensa a la que aspiraba: la lujuria en sus ojos. Pero no la encontró. Dejo pasar más días y temía perder su paciencia, tan estudiada por que la siempre se le confundía con la dignidad. Ensayo lo conocido, esa camisa de dormir negra escotada, la película francesa levemente erótica, la copa de buen vino en la cama, los susurros al oído. Nada. Pensó si seria aun pronto, que toda operación deja sus secuelas, y postergo el intento. Pero siguieron pasando los días y nada parecía encender a su mirado. La inquietud empezó a invadirla. ¿Andará con otra, Barbará?, dime, ¿Qué crees tú? Al teléfono era capaz de desahogarse y de pedir ayuda. En persona, Barbará no le gustaba mucho, la prefería a través de la línea. Además, cuando se juntaban a almorzar, a su amiga le daba por quejarse de sus problemas económicos y Ana María le daba vergüenza no ser pobre. Habla con él. Así de rotundo fue el consejo de Barbará. Y lo hizo. Víctor, como todo marido, detestaba las conversaciones personales sobre la situación de la pareja, pero esta vez se allano a hablar, con una receptividad poco común en el. Y lo que le dijo fue que la libido se le había esfumado, que él no podía entender que había sucedido, pero que el pequeño tumor en la próstata se la había llevado. No es un tema de performance solamente, Ana María, es más grave…El sexo no me interesa, como si me hubieran operado el cerebro. Ana María escucho estupefacta. Acordaron que Víctor visitara a un especialista. Pero esa noche, mientras el roncaba a su lado, ella sintió una pequeña brisa fresca en el pecho que le pareció tan extraña que opto por ignorarla. Cuando al día siguiente debía madrugar para asistir a su hora de gimnasio decidió quedarse en cama, se pego al cuerpo tan amado de su marido y se dijo, que tanto, hoy no iré, y durmió una hora más a su lado, tibia y contenta. De repente, ese cuerpo le resulto un cuerpo que no la desafiaba. Decidió pasar el día en la parcela montando a Baby, volcar sobre ella su vigor, y tocarla. Siempre reluciente ese pelaje casi rojo, brillante como la cascara de una castaña, caliente el hocico que hurgaba su mano en busca de un trozo de azúcar. Perfecta Baby, por eso le gustaba tanto. Pero pasado un corto tiempo no pudo ignorar las sensaciones que la asaltaban. Fueron tres sus reacciones, una tras otra. La primera: debo ser una buena esposa, prometí estar a su lado en las buenas y en las malas, me corresponde la comprensión. Es como cuando los maridos vuelven de la guerra, se dijo, claro que el quiste en la próstata fue una pequeña batalla, pero las mujeres decentes los apoyan hasta el final. La segunda: tengo tanta rabia, me enfurece todo este asunto, y no veo que este agitándose con doctores ni recuperaciones, ¿Qué se cree, que la impotencia es gratis y no tiene consecuencias?, ¿Qué es esto de ser la pareja de un hombre sin deseo? La tercera: Es que, ¿sabe, Barbará?, ya no pienso las veinticuatro horas del día en las mujeres jóvenes. La falta de libido también corre para ellas, quizás esta sea la gran solución. Pero, Ana Mari ¿no se supone que a ti te gusta el sexo? Si pero más me gusta la fidelidad, respondió con voz segura, percatándose en ese mismo instante que acababa de hacer aflorar una verdad que desconocía. Y, de súbito, algo muy gratificante la envolvió, como un abrigo de alpaca en una noche helada: sintió que por fin ella manejaba la situación. A un marido imponente se le controla. Pisaba tierra firme. Empezó a gozar de un nuevo estatus. Y a engrandecerlo. No es el cambio el que de verdad duele, se dijo, es la resistencia a él. Y se sintió iluminada, como un monje de Tíbet que encuentra la armonía en el fluir. Tomo el diccionario de la Real Academia y busco la palabra celibato y castidad. No le acomodaron las definiciones y prefirió otras más elocuentes: resignación, sublimación y, continuando con ese sonido que le gusto, liberación. Te cuento, Barbará, que me puse a ordenar el closet. Cuando llegué al cajón donde guardo las camisas de satín y metiéndolos al fondo, donde ni los veo. ¡Bien venido el cómodo y anticuado pijama de franela! Pero, Ana María, ándate con cuidado, ¿y si el tratamiento le devuelve la energía sexual y te encuentra vestida en la cama como tu abuela? Que tratamiento ni que nada, la libido es o no es, como la fe. Acuérdate que no es la erección el problema. Y dime tú, ¿Quién puede inventarte ganas que no tienes? El punto, Barbará, es que no es culpa mía. ¡Que alivio! Siempre al teléfono, sin reconocerle a nadie que Barbará le aburría frente a frente, le explico su eterno terror a la invisibilidad. Aquello si la asustaba porque entonces sí, Víctor podía dejarla por otra. La vida de Ana María empezó a cambiar. Cada viaje que Víctor hacia por razones de trabajo dejo de ser una amenaza, una espina en su ego, ya no había nada que temer de esta especie de hermano tendido a su lado, tierno como una canción infantil. El insistente seductor dormía. Recordó a su madre afirmando, a propósito de la decadencia de un tío a quien le gustaba jugar en el casino más de la cuenta: no se reformo; simplemente se quedo sin energías. Las mujeres jóvenes dejaron de repelarle. La vida en el hogar tomaba caracteres de largo plazo, solida y ya moldeada como un jarrón de hierro de alguna cultura antigua, el no se escaparía en puntillas ante la insistencia de la otra. El esfuerzo desafortunado por mantenerse joven fue cediendo poco a poco, la desnudez no parecía relevante, ¿para que tanto trabajo y desvelo? Tener un amante para suplir las carencias de su esposo no entraba en sus planes. Barbará se lo había sugerido pero su rechazo fue inmediato y pertinaz. No necesitaba un amante, no necesitaba el sexo, ya había tenido la cantidad suficiente, ahora disfrutaba de conceptos a sus ojos más confiables que el deseo. La serenidad. La seguridad. Sus hijos notaron ese cambio. Y les gusto. Antes había puesto toda su energía en maquinas, manos ajenas, diuréticos, productos magros, litros de agua, bisturís, convirtiendo su cuerpo en templo inaccesible que tendía a encerrarse en sí mismo y en privado, a curvarse en la sombra como un cachorro asustado. Víctor estaba de viaje. Ana María decidió hacerse el tarot. Su reciente equilibrio merecía ser validado. Soñó con cartas amables y lecturas apaciguadas. La misma Barbará le dio el dato y la dirección. Partió a un barrio que nunca visitaba, uno de esos que explican los siete millones de habitantes que le asignan a la ciudad. Se preparo meticulosamente para no perderse, hasta le pidió uno de sus hijos que se lo mostrara en el mapa de Google. Salió de su casa con anticipación, no debía llegar tarde a esa cita que le habría costado tanto conseguir. Disfruto mucho de la visita tan cercana de la cordillera nevada que la distraía al voltear el rostro a la izquierda del volante esa mañana clara de final de otoño. Mientras conducía hacia el oeste pensó en cuan reducido era su diario recorrido, su propia mirada urbana, y se prometió a sí misma, con optimismo, que lo remediaría. La gente como yo vive con ciertas orejas, se dijo con severidad, juzgando que aquello no podía ser positivo. Al llegar al lugar indicando miro su reloj de pulsera y comprendió que estaba adelantada. Pensó que las mujeres que trabajaban nunca aparecían antes de la hora a sus compromisos. Quince minutos. Bueno, escuchare la radio, se dijo, para que iba abandonar el auto, se sentía tibia y cómoda en aquel encierro. En ese instante sonó su teléfono celular. Demoro en encontrarlo adentro del amplio bolso de cuero y el sonido le pareció chillón y estridente en medio de esa calma. ¡Mama ¡ Se escapo Baby! Era su hija menor llamando desde la parcela. ¿Que dices? Te juro que es cierto, mama, se escapo del establo y no la han encontrado. ¿Cómo puede haberse escapado, es que no tiene puerta el establo?, la voz de Ana María conteniendo la ira. Dio las instrucciones del caso. Sintió tan estéril la llamada de su hija, como si ella pudiese hacer algo desde la ciudad frente a una yegua que se escapa, minutos antes de entrar a verse el tarot. Pero no era una yegua cualquiera, era su Baby, estaba bien, decidió, intuyendo la existencia de una cierta seguridad deformada en el dolor conocido. Y esto le parecía demasiado nuevo. Para apurar los minutos que faltaban, concentro la vista en las casas de la vereda del frente. Eran edificios modestos pero dignos, todos muy parecidos entre ellos, pareados, sus fachadas de cemento pintadas de un blanco antiguo y mortecino, los pequeños ante patios limpios y bien barridos, las cortinas aunque con mínima prestancia colgaban como Dios manda. Se imagino cocinas pequeñas, probablemente con demasiado olor a comida y un poco desordenadas pero acogedoras. Los dormitorios deben ahogar por su tamaño y los baños deben tener linóleo en vez de cerámicas, pero estarán ventilados y el aseo será fácil. Recordó que alguna vez quiso estudiar arquitectura. Distraída diviso a cierta distancia una figura que le resaltaba vagamente familiar. Pero si no conozco a nadie de esta parte de la ciudad, le reprendió a su imaginación. Sin embargo, a medida que se acercaba, reconoció aquella enfermera impertinente de la clínica donde habían operado a Víctor. Una de las tantas mujeres jóvenes que la torturaban en su antigua existencia. Que extraño volver a verla, se dijo Ana María. Debe vivir por aquí, que buen ojo tengo, la reconocí aun sin el uniforme. Es bastante bonita, aunque eso ya lo pensé cuando la vi en el hospital, no niego que me cayó mal de inmediato. Todo esto se dijo Ana María mientras la mujer en la vereda del frente se detenía un instante, dejaba la bolsa de pan que traía en una de sus mano sobre la reja de un jardín y con la otra mano trajinaba la cartera, buscando las llaves, supuso Ana María. Miro bien el número de la casa, no no era al que ella se dirigía, no era el lugar del tarot, por suerte. Y antes que la enfermera consiguiera encontrar la llave, la puerta de su supuesta casa se abrió. Un hombre mayor, calzando zapatillas de levantarse y enfundado en una bata, alto, macizo y con el pelo claro, un hombre guapo, la llamo. ¡Mi amor! Al levantar ella la cara, se suavizo su expresión y en un instante corría a sus brazos. Ana María demoro unos segundos en reconocer al hombre que llamaba a la enfermera. Apenas lo que tarda una mente para caer en cuenta de la realidad. A lo lejos creyó escuchar el relincho de una yegua.

sábado, 2 de enero de 2016

En la Opera.....


        Relato escondido de Alejo Carpentier: 



(Versión original)

Mi mano sobresaltada (*) busca sobre el mármol de la mesa de noche, aquel despertador que está sonando, si acaso muy arriba en el mapa, a miles de kilómetros de distancia. Y necesito de alguna reflexión, echando una larga ojeada a la plaza, entre persianas, para comprender que mi hábito –el de cada mañana, allá– ha sido burlado por el triángulo de un vendedor ambulante. Óyese luego el caramillo de un amolador de tijeras, extrañamente concertado sobre el melismático pregón de un gigante negro que lleva una cesta de calamares en su cabeza. Los árboles mecidos por la brisa tempranera, nievan de blancas pelusas una estatua de prócer que tiene algo de Lord Byron, y algo también de Lamartine, por el modo de presentar una bandera a invisibles amotinados. A lo lejos repican las campanas de una iglesia, con uno de esos ritmos parroquiales, conseguido en el guindarse de las cuerdas, que ignoran carillones eléctricos de las falsas torres góticas de mi país. Mouche, dormida, se ha atravesado en la cama de modo que no queda lugar para mí. A veces, molesta por un calor inhabitual, trata de quitarse la sábana de encima, enredando más las piernas en ella. La miro, largamente, algo resquemado por el chasco de la víspera: aquella crisis de alegría, debida al perfume de un naranjo cercano, que nos alcanzó en este cuarto piso, acabando con los grandes júbilos físicos que yo me hubiera prometido para aquella primera noche de convivencia con ella en un clima nuevo. Yo la había calmado con un somnífero, recurriendo luego a la venda negra para hundir más pronto mi despecho en el sueño. Vuelvo a mirar entre las persianas. Más allá del Palacio de los Gobernadores, con sus columnas clásicas sosteniendo un cornisamento barroco, reconozco la fachada Segundo Imperio del teatro donde anoche, a falta de espectáculos de un color local, nos acogieron, bajo grandes arañas de cristal, los marmóreos drapeados de las Musas custodiadas por los bustos de Meyerbeer, Donizetti, Rossini y Herold. Una escalera con curvas y floreo de rococó en el pasamano nos había conducido a la sala de terciopelos encarnados, con dentículos de oro al borde de los balcones, donde se afinaban los instrumentos de la orquesta, cubiertos por las alborotadas conversaciones de la platea. Todo el mundo parecía conocerse. Las risas se encendían y corrían por los palcos, de cuya penumbra cálida emergían brazos desnudos, manos que ponían en movimiento cosas tan rescatadas del otro siglo como gemelos de nácar, impertinentes, y abanicos de plumas. La carne de los escotes, la atadura de los senos, los hombros, tenían una cierta abundancia muelle y empolvada que invitaba a la evocación del camafeo y del cubrecorsé de encajes. Pensaba divertirme con los ridículos de la ópera que iba a representarse dentro de las grandes tradiciones de la bravura, la coloratura, la floritura. Pero ya se había alzado el telón sobre el jardín del Castillo de Lamermoore, sin que lo desusado de una escenografía de falsas perspectivas, mentideros, y birlibirloques, estuviera aguzando mi ironía. Me sentía dominado, más bien, por un indefinible encanto, hechos de recuerdos imprecisos y de muy remotas y fragmentadas añoranzas. Esa gran rotonda de terciopelo, con sus escotes generosos, el pañuelo de encajes entibiado entre los senos, las cabelleras profundas, el perfume a veces excesivo; ese escenario donde los cantantes perfilaban sus arias con las manos llevadas al corazón, en medio de una portentosa vegetación de telas colgadas; ese complejo de tradiciones, comportamientos, maneras de hacer, imposible ya de remozar en una gran capital moderna, era el mundo mágico del teatro, tal como pudo haberlo conocido mi ardiente y pálida bisabuela, la de ojos a la vez sensuales y velados, toda vestida de raso blanco, del retrato de Madrazo, que tanto me hiciera soñar en mi niñez, antes que mi padre tuviera que vender el óleo en días de penuria. Una tarde en que yo estaba solo en la casa yo había descubierto, en el fondo de un baúl, el libro con cubiertas de marfil y cerradura de plata donde la dama del retrato hubiera llevado su diario de novia. En una página, bajo pétalos de rosa que el tiempo había vuelto de color tabaco, encontré la maravillosa descripción de una Gemma di Vergy cantada en el teatro de La Habana que en todo debía corresponder a lo que contemplaba esa noche. Ya no esperaban afuera los cocheros negros de altas botas y chisteras con escarapela; no se mecerían en el puerto los fanales de las corbetas, ni habría tonadilla en fin de fiesta. Pero eran, en el público, los mismos rostros enrojecidos de gozo ante la función romántica; era la misma desatención ante lo que no cantaban las primeras figuras, y que, apenas salido de páginas muy sabidas, sólo servía de fondo melodioso a un vasto mecanismo de miradas intencionadas, de ojeadas vigilantes, de cuchicheos detrás del abanico, risas ahogadas, noticias que iban y venían, discreteos, desdenes y fintas, juego cuyas reglas me eran desconocidas, pero que yo observaba con envidia de niño dejado fuera de un gran baile de disfraces.

Tatuaje....


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(cuento)

Ednodio Quintero

Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.

El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal. 

martes, 23 de junio de 2015

El Arbol....



 
Cuando aquella mañana de cielo feliz, la muchacha, violín en mano, llamó a la puerta de la casita jardín de los Risi, un hombre de paisano, un poco mulato, abrió de un tirón y la obligó a pasar.
—Póngase contra la pared y apóyese en las manos.
Mientras obedecía, la muchacha tuvo tiempo de pasar un vistazo por la cara de la sirvienta de Fide que estaba blanca, moviendo las manos sobre el vientre, emparedada por otros dos monos que se turnaban para apresurar preguntas o mezclaban las interrogaciones con la vieja técnica tan aprendida, tan puesta a prueba. Los tres hombres en mangas de camisa y sudando, fingiendo premura e importancia.
El portero cacheó a la muchacha y detuvo la congénita insolencia de las manos en los senos y las nalgas.
—Limpia, dijo. Ahora abra el violín.
—El estuche.
—Sí, doctora. El estuche del violín.
Ella había escondido los papelitos celestes que le había prestado anoche la mujer de Fide, entre un si bemol y un pizzicato. Pero al fin aparecieron.
Era una lista de nombres de sentenciados a muerte que tal ves aún sigan vivos.
—¿Y esto? —preguntó el primero, con aire sobrador, buscando meter en la luz atenuada de la mañana una expresión de amenaza inteligente.
La sirvienta de los Fide repetía:
—No, ya le dije. Los trajo ayer a casa. No sé dónde está. Ya le dije. No avisó por teléfono ni lo vi. Ya le dije. No sé dónde está. Ya le dije.
—Y usted ahora se va al jardín con el mocoso —le dijo el hombre a la muchacha. Y nada de macanas que no empezamos todavía.
Así que ella abrió la puerta vidriera y en el pequeño jardín respiró el aroma de la tierra húmeda y el olor del verano, agrupados en el gran árbol solitario.
Bob estaba despatarrado, allá arriba, en las ramas más altas.
—Traé la pelota que está allá en el fondo —dijo Bob.
La pelota estaba a dos metros contra el muro gris de la divisoria. Era de goma, grande y parecía estar pintada con gajos de todos los colores.
La muchacha tiró la pelota al niño y el niño a ella, y así siguieron, riendo los dos.
Ahora se oía a la sirvienta de los Fide, a veces gritaba, otras lloraba. Las voces gruesas de los hombres se entreveraban, se alzaban y se alejaban.
—No sé. Ya le dije. No sé nada.
El golpe de un bofetón y un insulto. El niño continuaba ignorante y riendo, ella sonreía, mirándolo, mostrándole la cara, la pelota iba y venía, rodaba brillosa y alegre sobre la tierra que interrumpían algunos puñados de pasto.
Jugaban y la muchacha estaba segura de no estar allí, de soñar los subibajas de la pelota. No había hombres dentro de la casa acosando a la sirvienta de Fide, no existía la amenaza del pronto encierro, el interrogatorio, la tortura. Miraba la pared húmeda que rodeaba el jardín, pensaba en la posibilidad de saltar, la de huir del sueño, de quebrar la pesadilla.
No había en el mundo otra cosa que el jardín escuálido, el vaivén de la pelota, la alegría del niño a cuyos padres estaban matando en otro lejano inimaginable lugar, país, continente...
Era necesario seguir jugando con el niño, sentir que la pelota le golpeaba la barriga, lanzarla de vuelta.
El niño, puro y sencillo, tan cerca de la casa y el horror; el niño, lo único que subsistía de los padres en aquel momento y ella tenía que ser padre y madre mientras durara la pesadilla infinita, las voces groseras en la casa, la risa nerviosa del chico en el árbol.
Porque si prolongaba sin pausa el monótono juego, ambos quedarían apartados del tiempo, nunca rozados por la suciedad del mundo.