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jueves, 1 de marzo de 2018
La Yegua.....
sábado, 2 de enero de 2016
En la Opera.....
Relato escondido de Alejo Carpentier:
(Versión original)
Mi mano sobresaltada (*) busca sobre el
mármol de la mesa de noche, aquel despertador que está sonando, si acaso
muy arriba en el mapa, a miles de kilómetros de distancia. Y necesito
de alguna reflexión, echando una larga ojeada a la plaza, entre
persianas, para comprender que mi hábito –el de cada mañana, allá– ha
sido burlado por el triángulo de un vendedor ambulante. Óyese luego el
caramillo de un amolador de tijeras, extrañamente concertado sobre el
melismático pregón de un gigante negro que lleva una cesta de calamares
en su cabeza. Los árboles mecidos por la brisa tempranera, nievan de
blancas pelusas una estatua de prócer que tiene algo de Lord Byron, y
algo también de Lamartine, por el modo de presentar una bandera a
invisibles amotinados. A lo lejos repican las campanas de una iglesia,
con uno de esos ritmos parroquiales, conseguido en el guindarse de las
cuerdas, que ignoran carillones eléctricos de las falsas torres góticas
de mi país. Mouche, dormida, se ha atravesado en la cama de modo que no
queda lugar para mí. A veces, molesta por un calor inhabitual, trata de
quitarse la sábana de encima, enredando más las piernas en ella. La
miro, largamente, algo resquemado por el chasco de la víspera: aquella
crisis de alegría, debida al perfume de un naranjo cercano, que nos
alcanzó en este cuarto piso, acabando con los grandes júbilos físicos
que yo me hubiera prometido para aquella primera noche de convivencia
con ella en un clima nuevo. Yo la había calmado con un somnífero,
recurriendo luego a la venda negra para hundir más pronto mi despecho en
el sueño. Vuelvo a mirar entre las persianas. Más allá del Palacio de
los Gobernadores, con sus columnas clásicas sosteniendo un cornisamento
barroco, reconozco la fachada Segundo Imperio del teatro donde anoche, a
falta de espectáculos de un color local, nos acogieron, bajo grandes
arañas de cristal, los marmóreos drapeados de las Musas custodiadas por
los bustos de Meyerbeer, Donizetti, Rossini y Herold. Una escalera con
curvas y floreo de rococó en el pasamano nos había conducido a la sala
de terciopelos encarnados, con dentículos de oro al borde de los
balcones, donde se afinaban los instrumentos de la orquesta, cubiertos
por las alborotadas conversaciones de la platea. Todo el mundo parecía
conocerse. Las risas se encendían y corrían por los palcos, de cuya
penumbra cálida emergían brazos desnudos, manos que ponían en movimiento
cosas tan rescatadas del otro siglo como gemelos de nácar,
impertinentes, y abanicos de plumas. La carne de los escotes, la atadura
de los senos, los hombros, tenían una cierta abundancia muelle y
empolvada que invitaba a la evocación del camafeo y del cubrecorsé de
encajes. Pensaba divertirme con los ridículos de la ópera que iba a
representarse dentro de las grandes tradiciones de la bravura, la
coloratura, la floritura. Pero ya se había alzado el telón sobre el
jardín del Castillo de Lamermoore, sin que lo desusado de una
escenografía de falsas perspectivas, mentideros, y birlibirloques,
estuviera aguzando mi ironía. Me sentía dominado, más bien, por un
indefinible encanto, hechos de recuerdos imprecisos y de muy remotas y
fragmentadas añoranzas. Esa gran rotonda de terciopelo, con sus escotes
generosos, el pañuelo de encajes entibiado entre los senos, las
cabelleras profundas, el perfume a veces excesivo; ese escenario donde
los cantantes perfilaban sus arias con las manos llevadas al corazón, en
medio de una portentosa vegetación de telas colgadas; ese complejo de
tradiciones, comportamientos, maneras de hacer, imposible ya de remozar
en una gran capital moderna, era el mundo mágico del teatro, tal como
pudo haberlo conocido mi ardiente y pálida bisabuela, la de ojos a la
vez sensuales y velados, toda vestida de raso blanco, del retrato de
Madrazo, que tanto me hiciera soñar en mi niñez, antes que mi padre
tuviera que vender el óleo en días de penuria. Una tarde en que yo
estaba solo en la casa yo había descubierto, en el fondo de un baúl, el
libro con cubiertas de marfil y cerradura de plata donde la dama del
retrato hubiera llevado su diario de novia. En una página, bajo pétalos
de rosa que el tiempo había vuelto de color tabaco, encontré la
maravillosa descripción de una Gemma di Vergy cantada en el teatro de La
Habana que en todo debía corresponder a lo que contemplaba esa noche.
Ya no esperaban afuera los cocheros negros de altas botas y chisteras
con escarapela; no se mecerían en el puerto los fanales de las corbetas,
ni habría tonadilla en fin de fiesta. Pero eran, en el público, los
mismos rostros enrojecidos de gozo ante la función romántica; era la
misma desatención ante lo que no cantaban las primeras figuras, y que,
apenas salido de páginas muy sabidas, sólo servía de fondo melodioso a
un vasto mecanismo de miradas intencionadas, de ojeadas vigilantes, de
cuchicheos detrás del abanico, risas ahogadas, noticias que iban y
venían, discreteos, desdenes y fintas, juego cuyas reglas me eran
desconocidas, pero que yo observaba con envidia de niño dejado fuera de
un gran baile de disfraces.
Tatuaje....
(cuento)
Ednodio Quintero
Cuando
su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas
orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La
noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica
sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales
dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La
felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve.
En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en
las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada
perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado
viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda
suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún
consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.
El
dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme,
comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo
terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó
desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el
amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el
puñal.
martes, 23 de junio de 2015
El Arbol....
Cuando aquella mañana de cielo feliz, la muchacha, violín
en mano, llamó a la puerta de la casita jardín de los Risi, un hombre de
paisano, un poco mulato, abrió de un tirón y la obligó a pasar.
—Póngase contra la pared y apóyese en las manos.
Mientras obedecía, la muchacha tuvo tiempo de pasar un
vistazo por la cara de la sirvienta de Fide que estaba blanca, moviendo las
manos sobre el vientre, emparedada por otros dos monos que se turnaban para
apresurar preguntas o mezclaban las interrogaciones con la vieja técnica tan
aprendida, tan puesta a prueba. Los tres hombres en mangas de camisa y sudando,
fingiendo premura e importancia.
El portero cacheó a la muchacha y detuvo la congénita
insolencia de las manos en los senos y las nalgas.
—Limpia, dijo. Ahora abra el violín.
—El estuche.
—Sí, doctora. El estuche del violín.
Ella había escondido los papelitos celestes que le había
prestado anoche la mujer de Fide, entre un si bemol y un pizzicato. Pero al fin
aparecieron.
Era una lista de nombres de sentenciados a muerte que tal
ves aún sigan vivos.
—¿Y esto? —preguntó el primero, con aire sobrador,
buscando meter en la luz atenuada de la mañana una expresión de amenaza
inteligente.
La sirvienta de los Fide repetía:
—No, ya le dije. Los trajo ayer a casa. No sé dónde está.
Ya le dije. No avisó por teléfono ni lo vi. Ya le dije. No sé dónde está. Ya le
dije.
—Y usted ahora se va al jardín con el mocoso —le dijo el
hombre a la muchacha. Y nada de macanas que no empezamos todavía.
Así que ella abrió la puerta vidriera y en el pequeño
jardín respiró el aroma de la tierra húmeda y el olor del verano, agrupados en
el gran árbol solitario.
Bob estaba despatarrado, allá arriba, en las ramas más
altas.
—Traé la pelota que está allá en el fondo —dijo Bob.
La pelota estaba a dos metros contra el muro gris de la
divisoria. Era de goma, grande y parecía estar pintada con gajos de todos los
colores.
La muchacha tiró la pelota al niño y el niño a ella, y
así siguieron, riendo los dos.
Ahora se oía a la sirvienta de los Fide, a veces gritaba,
otras lloraba. Las voces gruesas de los hombres se entreveraban, se alzaban y
se alejaban.
—No sé. Ya le dije. No sé nada.
El golpe de un bofetón y un insulto. El niño continuaba
ignorante y riendo, ella sonreía, mirándolo, mostrándole la cara, la pelota iba
y venía, rodaba brillosa y alegre sobre la tierra que interrumpían algunos
puñados de pasto.
Jugaban y la muchacha estaba segura de no estar allí, de
soñar los subibajas de la pelota. No había hombres dentro de la casa acosando a
la sirvienta de Fide, no existía la amenaza del pronto encierro, el
interrogatorio, la tortura. Miraba la pared húmeda que rodeaba el jardín, pensaba
en la posibilidad de saltar, la de huir del sueño, de quebrar la pesadilla.
No había en el mundo otra cosa que el jardín escuálido,
el vaivén de la pelota, la alegría del niño a cuyos padres estaban matando en
otro lejano inimaginable lugar, país, continente...
Era necesario seguir jugando con el niño, sentir que la
pelota le golpeaba la barriga, lanzarla de vuelta.
El niño, puro y sencillo, tan cerca de la casa y el
horror; el niño, lo único que subsistía de los padres en aquel momento y ella
tenía que ser padre y madre mientras durara la pesadilla infinita, las voces
groseras en la casa, la risa nerviosa del chico en el árbol.
Porque si prolongaba sin pausa el monótono juego, ambos quedarían apartados del tiempo, nunca rozados por la suciedad del mundo.
Porque si prolongaba sin pausa el monótono juego, ambos quedarían apartados del tiempo, nunca rozados por la suciedad del mundo.
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