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sábado, 17 de agosto de 2013

El Cofre de Morocotas...



 Cofre de Morocotas
Mi tío Pascual observó aquella luz proveniente del rincón del garaje. Tuvo la premonición de que aquello era la señal de un entierro.

Entonces cavó. Un olor a tierra húmeda cubrió toda la casa. Cuando ya  estaba tocando el cofre de madera con la pala, mi tía Julia gritó desaforada: “Mira, Pascual deja eso que yo no quiero reales de muerto”. Al decir estas palabras, la tierra abrió sus fauces y se tragó el cofre de morocotas y con ellas la esperanza de mi tío Pascual de hacerse millonario.

lunes, 13 de mayo de 2013

Bethoveen...


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Llegó a este tiempo sin su batuta cruzando el umbral del más allá. Desando por las calles como fantasma errante. Despertó de su asombro cuando cayó en cuenta en que sus días percibían  sonidos. Pasando por una calle de Alemania oyó su célebre Quinta Sinfonía, sin perder tiempo entro a una tienda donde provenía el sonido. Sucumbió de un síncope al comprobar  que la orquesta sinfónica estaba metida en un extraño aparato de pantalla plana de 42 pulgadas.




jueves, 18 de abril de 2013

El muro...



Somos como ladrillos de arcilla en una pared. Aparentemente estan en un muro inclinado, así que podrían caer con un pequeño sismo. Pero no, no se puede, pues se hallan fuertemente afianzados en el muro. Aunque fijate, incluso eso es aparente.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El sueño de ser un motorizado...



 
Si pudiera ser un motorizado, ahora mismo y sobre una moto a toda velocidad, con el cuerpo inclinado y suspendido en el aire, estremeciéndome sobre el asfalto oscilante, hasta desgastar las ruedas, pues no tenía ruedas, hasta acelerar el croché, pues no tenía croché, y sólo viendo ante mí una carretera como una explanada curveada, ya sin el manubrio y sin la estructura de la moto.

lunes, 20 de febrero de 2012

La plantita que soñaba ser una palmera...

 
Había una vez una plantita que todas las noches soñaba que era una Palmera y que se encontraba en la playa mecida por la brisa.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba el tallo demasiado alto, las ramas demasiado pesadas, las raíces demasiado profundas y sus frutos duros; bueno, que todo ese gran tamaño le impedía ser una plantita de jardín, así como sufrir a conciencia cayéndose algunas hojas de su ramita.

En realidad no quería estar tan alta o en la orilla de la playa. Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser Palmera para mover sus ramas, y se sentía tristísima de ser una plantita, y por eso se mecía tanto, y estaba tan inquieta, y se le caían sus hojitas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a estar serenita en su maceta.

martes, 14 de febrero de 2012

El Premio...

 

Yo no he vuelto a dibujar, en realidad sólo hacia bosquejos. Pero
eso ocurrió hace muchos años, antes de que fuera peluquera. Ya
mis manos se dedican a cortar cabellos, tengo que conformarme con
hojear los comic de las revistas que están en la peluquería.

Eso sí, no me dejo sugestionar por expertos, sé que aquel retrato
quedo bien. Era un retrato de lo más genuino. Cuando lo expuse en
el parque Codazzi los curiosos se escandalizaron. Lo bauticé “Mi
prima Carlita y su perrita fifí.” Un reputado dibujante que por pura
casualidad lo vio, dijo que sin duda era excelente obra de una pupila
de Zapata, le agradecí sus comentarios, pero ya se sabe que ellos
siempre están dispuestos a regalar influencias que no son suyas. Lo
cierto del caso es que muy pronto el retrato se olvido, una entrevista
en una revista lo esboza y guardé con amor aquel recorte de
revista que decía: “La creadora del retrato Mi prima Carlita y su
perrita fifí se maneja entre lo absurdo y la realidad. Su línea es muy
estilizada. El carboncillo expresa y resalta todos los rasgos finos y
delicados del retrato (no es una dibujante de objetos). Sin embargo,
se nota que aun no domina la técnica con profesionalismo y sus
trazos son en algunos momentos rústicos. Si depura en el retrato
tiene posibilidades…

Ya ese recorte se añejo en una vieja agenda. Por eso mí
sorpresa fue del tamaño de una catedral, cuando supe que ahora,
¡diez años después!, la casa de la cultura ha decidido por
recomendación de un respetable jurado, concederme el premio El
lápiz de oro, por el aporte al acervo cultural de la ciudad
especialmente el retrato Mi prima Carlita y su perrita fifí, el cual, de
acuerdo con el veredicto, captura la realidad de un momento y lo
dimensiona. (Desde hace ocho años Mi prima Carlita y su

perrita fifí decora las paredes de un bar de la parroquia

los tacariguas).

La impresión me iba liquidando cuando me dieron la noticia.
Después de la gran impresión me dediqué a pensar en el discurso,
lo he meditado mucho, ya no tiene gracia rechazar un premio, ahora
lo más importante es recibirlo.

Llegue en mi carro a la casa de la cultura y sobreponiéndome al
susto, me subí al escenario y dije:


Respetables damas y caballeros. Amigos todos. Admiradores y
cultivadores del dibujo, estoy muy emocionada, Ustedes, sin
quererlo, me han echado la grandísima broma de venirme a recordar
que una vez fui dibujante, o por lo menos intente serlo. Me siento un
poco apenada estimado público, precisamente, por eso de que
vengan a premiarme ahora por lo que ya no soy. Pero no crean,
¡Dios me libre de tamaño desplante! Que quiera aguar mi propia
celebración, al fin y al cabo, más vale tarde que nunca.

Pido disculpas por esta tonta explosión sentimental, uno se
emociona tanto que algunas veces comete estos tropezones…

Pero no soy una mujer malagradecida querido público, no tengo
ninguna excusa para rechazar tan distinguido premio. Como se
sabe, no hay mal que por bien no venga. Por lo tanto, estimados
amigos del dibujo, concédanme en esta oportunidad la gracia de la
mitad y mitad, que me parece en este caso lo más conveniente.

Estimado jurado, ustedes por favor quédense con el lápiz de oro,
y hasta con el diploma, y denme a mí ese chequecito para
consolarme.

miércoles, 13 de julio de 2011

El árbol...



Yo era frondoso y erguido, yo estaba colocado sobre una rivera; yo era un árbol. Cerca de la orilla estaban aferradas las puntas de mis raíces; a lo alto, las ramas en la copa tupida mueven las hojas, incansablemente. Los nidos de los pájaros colgaban en mis costados. En la vertiente rumoreaba el helado río del piemonte. Ningún caminante se animaba hasta estos momentos pasar por aquí, el árbol no figuraba aún en ningún croquis. Así yo yacía y esperaba, debía esperar. Todo árbol que se haya plantado alguna vez, puede dejar de ser árbol sin talarse.

Fue una vez por la mañana – no sé si el lunes o el jueves -, mis pensamientos siempre estaban confusos, daban vueltas en mi sabia; hacia esa mañana de primavera; cuando el caudal del río era turbulento, escuché los pasos de una niña. A mí, a mi derecha. Aquiétate árbol, ponte derecho, rama sin hojas, sostén al viejo columpio que te ha sido confiado. Cuelgan rígidos los dos mecates de su asiento; si se columpia, date a conocer y, como un viento de la rivera, colúmpiala en tu rama firme.

Llegó y se monto en el columpio, luego se sujeto con sus manitas de los dos mecates del viejo columpio y comenzó a columpiarse sobre mi rama. La punta de sus zapaticos negros rozo mi tronco anidado y los mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos inquietos a su alrededor. Fue entonces – Yo soñaba tras ella sobre el camino y el campo – que se balanceo  moviéndose con ambos piececitos en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un acompasado movimiento, admirado de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Una niña? ¿Un pedacito de cielo? ¿Un sueño hecho realidad? ¿Un inquieto ángel? ¿Un amante de la naturaleza? ¿Una naturista? Me volví para poder verla. ¡El árbol se inclino! No había terminado de inclinarme, cuando ya arreciaba el viento, me inclinaba cada vez más hacia la izquierda, y ya mis raíces estaban desgarradas y mi tronco flotando en las aguas del río que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde su inmenso caudal.