Bienvenidos a Top de Relatos....
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de enero de 2016

En la Opera.....


        Relato escondido de Alejo Carpentier: 



(Versión original)

Mi mano sobresaltada (*) busca sobre el mármol de la mesa de noche, aquel despertador que está sonando, si acaso muy arriba en el mapa, a miles de kilómetros de distancia. Y necesito de alguna reflexión, echando una larga ojeada a la plaza, entre persianas, para comprender que mi hábito –el de cada mañana, allá– ha sido burlado por el triángulo de un vendedor ambulante. Óyese luego el caramillo de un amolador de tijeras, extrañamente concertado sobre el melismático pregón de un gigante negro que lleva una cesta de calamares en su cabeza. Los árboles mecidos por la brisa tempranera, nievan de blancas pelusas una estatua de prócer que tiene algo de Lord Byron, y algo también de Lamartine, por el modo de presentar una bandera a invisibles amotinados. A lo lejos repican las campanas de una iglesia, con uno de esos ritmos parroquiales, conseguido en el guindarse de las cuerdas, que ignoran carillones eléctricos de las falsas torres góticas de mi país. Mouche, dormida, se ha atravesado en la cama de modo que no queda lugar para mí. A veces, molesta por un calor inhabitual, trata de quitarse la sábana de encima, enredando más las piernas en ella. La miro, largamente, algo resquemado por el chasco de la víspera: aquella crisis de alegría, debida al perfume de un naranjo cercano, que nos alcanzó en este cuarto piso, acabando con los grandes júbilos físicos que yo me hubiera prometido para aquella primera noche de convivencia con ella en un clima nuevo. Yo la había calmado con un somnífero, recurriendo luego a la venda negra para hundir más pronto mi despecho en el sueño. Vuelvo a mirar entre las persianas. Más allá del Palacio de los Gobernadores, con sus columnas clásicas sosteniendo un cornisamento barroco, reconozco la fachada Segundo Imperio del teatro donde anoche, a falta de espectáculos de un color local, nos acogieron, bajo grandes arañas de cristal, los marmóreos drapeados de las Musas custodiadas por los bustos de Meyerbeer, Donizetti, Rossini y Herold. Una escalera con curvas y floreo de rococó en el pasamano nos había conducido a la sala de terciopelos encarnados, con dentículos de oro al borde de los balcones, donde se afinaban los instrumentos de la orquesta, cubiertos por las alborotadas conversaciones de la platea. Todo el mundo parecía conocerse. Las risas se encendían y corrían por los palcos, de cuya penumbra cálida emergían brazos desnudos, manos que ponían en movimiento cosas tan rescatadas del otro siglo como gemelos de nácar, impertinentes, y abanicos de plumas. La carne de los escotes, la atadura de los senos, los hombros, tenían una cierta abundancia muelle y empolvada que invitaba a la evocación del camafeo y del cubrecorsé de encajes. Pensaba divertirme con los ridículos de la ópera que iba a representarse dentro de las grandes tradiciones de la bravura, la coloratura, la floritura. Pero ya se había alzado el telón sobre el jardín del Castillo de Lamermoore, sin que lo desusado de una escenografía de falsas perspectivas, mentideros, y birlibirloques, estuviera aguzando mi ironía. Me sentía dominado, más bien, por un indefinible encanto, hechos de recuerdos imprecisos y de muy remotas y fragmentadas añoranzas. Esa gran rotonda de terciopelo, con sus escotes generosos, el pañuelo de encajes entibiado entre los senos, las cabelleras profundas, el perfume a veces excesivo; ese escenario donde los cantantes perfilaban sus arias con las manos llevadas al corazón, en medio de una portentosa vegetación de telas colgadas; ese complejo de tradiciones, comportamientos, maneras de hacer, imposible ya de remozar en una gran capital moderna, era el mundo mágico del teatro, tal como pudo haberlo conocido mi ardiente y pálida bisabuela, la de ojos a la vez sensuales y velados, toda vestida de raso blanco, del retrato de Madrazo, que tanto me hiciera soñar en mi niñez, antes que mi padre tuviera que vender el óleo en días de penuria. Una tarde en que yo estaba solo en la casa yo había descubierto, en el fondo de un baúl, el libro con cubiertas de marfil y cerradura de plata donde la dama del retrato hubiera llevado su diario de novia. En una página, bajo pétalos de rosa que el tiempo había vuelto de color tabaco, encontré la maravillosa descripción de una Gemma di Vergy cantada en el teatro de La Habana que en todo debía corresponder a lo que contemplaba esa noche. Ya no esperaban afuera los cocheros negros de altas botas y chisteras con escarapela; no se mecerían en el puerto los fanales de las corbetas, ni habría tonadilla en fin de fiesta. Pero eran, en el público, los mismos rostros enrojecidos de gozo ante la función romántica; era la misma desatención ante lo que no cantaban las primeras figuras, y que, apenas salido de páginas muy sabidas, sólo servía de fondo melodioso a un vasto mecanismo de miradas intencionadas, de ojeadas vigilantes, de cuchicheos detrás del abanico, risas ahogadas, noticias que iban y venían, discreteos, desdenes y fintas, juego cuyas reglas me eran desconocidas, pero que yo observaba con envidia de niño dejado fuera de un gran baile de disfraces.

Tatuaje....


Resultado de imagen para tatuaje

(cuento)

Ednodio Quintero

Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.

El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita. La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal. 

miércoles, 2 de julio de 2014

El Escorpión y el niño....


Cerca de la playa, en una palmera, un niño trataba de tumbar un coco. Al bajarse, un escorpión venenoso lo mordió - ¡Hay! – dijo el niño todo asustado-. Pasaron algunos segundos, minutos, horas, y días sin que el sorprendido niño muriese de la mordedura.

 -¡Seguro que me muero en cualquier momento! -, se estuvo diciendo el niño durante muchos días. El veneno lo tengo dentro y esto no tiene remedio. Resultó que nuestro niño solo tuvo una pequeña fiebre. Su cuerpo era resistente a la ponzoña  del vil escorpión. De haberlo sabido, podría haberse evitado temores y  preocupaciones.

sábado, 17 de agosto de 2013

El Cofre de Morocotas...



 Cofre de Morocotas
Mi tío Pascual observó aquella luz proveniente del rincón del garaje. Tuvo la premonición de que aquello era la señal de un entierro.

Entonces cavó. Un olor a tierra húmeda cubrió toda la casa. Cuando ya  estaba tocando el cofre de madera con la pala, mi tía Julia gritó desaforada: “Mira, Pascual deja eso que yo no quiero reales de muerto”. Al decir estas palabras, la tierra abrió sus fauces y se tragó el cofre de morocotas y con ellas la esperanza de mi tío Pascual de hacerse millonario.

martes, 22 de marzo de 2011

La vaca de las patas feas...



     Antes que despierte el día, el becerro se acomoda. El toro sube al potrero. La vaca va al río. El becerrito sigue durmiendo al pie del Jabillo.

    Papá toro estudia un nuevo pasto para el día, mientras oye silbar la brisa en sus orejas. Mamá vaca se mira en el espejo del agua, se lava el hocico, eriza el moteado pelaje, cepilla el blanco delantal, mira al esposo.

-         Vamos – ordena éste a la familia.
-         Despierta, niño – dice la madre al becerrito.- Es la hora de andar.

   ¡Qué delicioso es recorrer la sabana, fresca de rocío, olorosa a mastranto, mientras la aurora toca la puerta del llano! Grama tierna, hojas de guayabito y legumbres  es el rico menú de hoy. Ya no hay leche para el becerrito brincón.  Está muy crecido. 

   ¡Vida dichosa! Así, todos los días… Y, después, la siesta sabrosa, rumiando solitos en el pasto.

   Pero hay días de susto, días de terror. Días peores que las noches rasgadas por los aullidos de los lobos. Son días de quema: días en que todo es correr afanoso, con humo que ofusca la vista y sofoca el respirar. Tardes como la de hoy, en que cada hierba es una llama: Todos los animales huyen, la paraulata llora la destrucción de su nido y el morrocoy, agotado, se rinde… Pero los ganados corren, se ponen a salvo: rapidísimo el papá, rápido el becerro, lenta y fatigada la mamá…

  Han llegado a orillas del río y apagan el ardor de la carrera. La madre se refrigera; mira su rostro desfigurado en el agua; descansa; luego, coqueta, se arregla. El becerrito la mira…

  - Eres linda, mamá. Toda linda, pero no así tus patas, peladas y torpes. Por culpa de ellas, casi la candela te agarra. Mamá, ¡qué patas llagosas tienes!

  - Tienes razón, hijo – Contesto tristemente la madre-. Anda a descansar con papá.
    A la sombra de un Jabillo, el padre lo ha escuchado todo.

    - Oye – le dice al becerrito -, quiero contarte una cosa. Una vez había un becerrito, dormilón como él sólo, que todavía no sabía correr. Su madre lo dejaba, oculto en un mogote y salía a pastar. Una tarde de Febrero se incendio la sabana y todo ardió como hoy. La vaca corría como el viento, más rápida que yo; pero no quería huir: Tenía que salvar a su hijo. ¡Pobre chiquillo! Entre él y la madre se había levantado una gruesa cortina de fuego. Sin pensarlo dos veces, la vaca valiente arrancó y cruzó por las llamas. Salió al otro lado, pero con la candela prendida en sus patas. Llegó a donde estaba el becerrito y lo sacudió… antes que lo despertaran las llamas.

   El pequeño, entonces, echó a correr tras la madre y pronto, llegaron los dos a la orilla del río. La madre entró al agua y le pareció sentirse aliviada. Sólo fue una impresión, sus patas llenas de quemaduras, habían quedado contraídas y llagosas para siempre. 

Entonces miró al hijito y, ocultando su dolor, le sonrió: estaba a salvo para ella. Pero, luego, el becerrito se olvidó de eso… y creció, creció…

  - No sigas -, papá – exclamó el becerrito, interrumpiendo el relato. Y corrió al lado de la madre, que estaba entregando sus lágrimas al río.

 - Mamá – le dijo -, no es verdad que eres lenta… no es verdad que tienes las patas feas…

   Y comenzó a lamerle las cicatrices de las patas que lo habían salvado.