Y aquí ando de nuevo muy, pero muy jodido entre
ramales. Veo angustias acostumbradas en el polvo de esta calle mía, terca y
torpe, golpeando las puntas del pasto verde torturado. No he nacido en las
costillas blandas de la montaña que piso. Yo más bien, solía recordar a mi
madre, como dulce prodigio, como tierra sepia. En el ocaso, siempre caminábamos
juntos hacia el mar, ella y yo hacia el cielo azul. Las gigantes olas de las
aguas del origen iban y venían en el vaivén de este mi planeta, mi pequeño y
turbio mundo. Ahora, sólo cordilleras tengo a los lados, caminos y riachuelos
cortados, casitas como miles de cajas, ladronzuelos y matones, negociantes
hijoeputas, entre otras alimañas. Así es la vida, como buen acertijo de dioses
imprudentes del trópico. ¡Ah, bueno claro! También he vivido al lado del oasis.
Ofelia, ha sido mi mujer. Unas hermosas lunas bajo su cuello, la selva de
almíbar cerca del ombligo, y atrás un gran sol doble, protegiendo su figura
toda. En su centro, el lugar del inicio, donde viven los seres, su vientre de
agua pura. De allí salieron niños, mis propios hijos. Unos ya en el cementerio,
bajo crisantemos y cruces. Otros, labrando la aurora, sin pasta, ni ropa, tan
jodidos, locos y sin modales como su padre. ¡Vaya herencia coño! De todos
modos, no me quejo así no más, sé que exista el sitio a donde voy. Sobre el
fogón del hogar del patrón, escupí. Pasé noches en el mismo infierno, peleando
contra molinos y rapiñas. Las balas iban y venían también con la vida, la
cárcel, y un desierto sin migas de pan caliente. Las golondrinas a veces huyen,
yo no. La mujer de mi vida apretaba el gatillo en su mente, sola y ausente,
quería morir. Triste sufría por la enfermedad de nuestro pequeño. Luego
murieron ambos. Signos de interrogación había en el cuerpo de mi niño, un tumor
maligno reía tras el costado de un ángel. Debo ahora recordar, las buenas cosas
de esta flor de la vida. Con la muerte del pequeño, encontré una vida más,
renací pues. Dejé la extraña manía de maldecir a los muy cabrones, que también
maldecían sus vidas. Habían siempre muchos infelices y pobres, intentando
joderse unos a otros como siempre. Ahora los bendigo. El asesino a veces sabe
más de amor perdido, que otra cosa. Un tipo abandonado se vuelve quizás un
absurdo corazón, sin tiernos deseos. ¿Será huérfano de la belleza? Alejado del
afecto y lanzado contra la nada. En mi calle parece haber enemigos pero saben,
si pienso bien, no es del todo así. En un huerto, juntos hacíamos algo común,
glorioso encuentro de manos. Se juntaban las dudas, los cuentos y todo
florecía, la mujer del vecino traía un trozo de algo para comer. Y hasta los
pedacitos, se compartían en el edén donde nada había. Parecían familiares
hermanos de alguna placenta quienes siempre conspiraban y peleaban. Esos días,
no hubo guerras, mezquinos impulsos, ni rabia. A veces, no sabemos enterrar la
ira y buscar la aurora entre todos. Para varios de nosotros, podría ser más
fácil iluminarnos, la aurora se asoma apenas, ¡Coño, pero casi no la vemos!
Debemos aprenderlo ahora. Hay ritos donde somos hermandad, se muestra la
hermosura, el amor, pero a veces se esfuma. En mi historia, tengo unos hijos
vivos, igual jodidos, igual hermosos. Tengo una casita de latas y pedazos de
piedra, cartón, madera. Llueve y entra un río. Nosotros ponemos el calor, la
alegría. Nada nos distrae de vivir la vida rodante. Ella no se detiene, sólo
avanza a pasos medianos. Vienen tormentas, pleitos, coñazos con el poder,
vainas con la injusta bregadera del absurdo, pero ahí vamos, lentos y alegres
en la aurora. A pesar de todo, nada nos distrae, nada nos tumba el porvenir de
levantarnos recios. Acá a mi lado, sigue Ofelia, el mar de mi madre vive ahora
en mí. Su agua me acobija, y mis hijos son miles y miles. Mi clan es mayor, ya
no es de sangre, es de espíritu. Cada noche el rancho suena como el mar de mi
madre. El oleaje va y viene como destino simple, como belleza y elixir de vida.
Ofelia ya no vuela, duerme en la sombra de las alegres casas malhechas, el río
casi seco que resiste, y las gentes. No pido más.
domingo, 12 de agosto de 2018
De cara al sol...

Cabalgarás a contra orden en primera línea. Te
llamará el peligro, la osadía, los deseos, la luz eterna. Caerás del caballo,
por un golpe extraño, desconocido hasta ahora. Quedarás boca arriba, de cara al
sol. Te sentirás convertido en otros pero siendo siempre tú. Cuando repares en
el sol, cuando sientas sus rayos en el rostro, intentarás regalarle una
sonrisa. Sentirás un breve dolor, un agudo dolor, un sonoro dolor, penetrando
como ráfaga en tu carne. Sabrás que eres tú ese mismo que asalta el cuartel
Moncada; que eres tú ese que reprime el grito cuando le arrancan los ojos. Te
verás viajando a otro país, en casas de seguridad, buscando armas, haciendo
preparativos para la libertad. Sentirás el necesario temor cuando desembarcando
en tu patria los reciban las balas del tirano deshaciendo casi por completo la
expedición, será, apenas, tu sentido de la orientación el que te salve. El
calor y la humead de la sierra no te dejarán en paz, las botas estarán pesadas,
el fango te llegará hasta el pecho. La sed, la maldita sed, te secará la boca
pero no te impedirá saborear la victoria con los tuyos cuando declares que se
han ganado el derecho de empezar. Te llenarás de heroísmo los pulmones en
Girón. Aunque la disnea te impida respirar y sientas esas contracciones en el
torso, tus sueños te llevarán hasta Bolivia. Sentirás lo quemante de una bala
en tu pierna, escupirás a un oficial que querrá humillarte, quedarás, después,
inmóvil, como en un sueño, sin sentir pero sintiendo, con tu rostro angelical.
Llorarás cuando la muerte te bese las barbas y el asma. Te ahogara el calor, ni
siquiera las palmas frescas te aliviarán. Todo es un segundo, todo te parecerá
una eternidad. Acostado, mirando el cielo, descubrirás verdades en él y en las
hojas de los árboles. Escucharás, a la distancia, la entrada de los tanques en
Moneda, los disparos, las injurias, el último mensaje de un buen hombre; te
llenarán de escupitajos, serás muerto nuevamente en el estadio, junto a otros
miles. El sudor recorrerá tu frente, querrás gritar y levantarte, andar en el
caballo, cabalgar al infinito, ahogar las penas y la angustia, terminar con la
tortura, querrás matar para poder vivir. Serás desaparecido, te buscarán las
abuelas, las Madres de Plaza de Mayo, reirás de tan feliz cuando te encuentren.
Llorarás inexorablemente. La vista se te irá nublando, poco a poco, sin
oportunidad de nada más. Se extinguirá el aire por más que intentes aspirarlo.
Todos los dolores de tu tierra se posarán en tu pecho, en tu pierna, en tus brazos,
en tus ojos, en tu angustia, en tu ausencia. Sentirás como las fauces de la
bestia en que viviste casi se tragan a ese pedazo del mundo, a esa isla
hermosa. Sentirás que vuelves a nacer, a vivir, a pelear, a ganar, aunque ya
casi no respires, aunque la vista se te nuble.
El calor, la sed, el cansancio, se extinguirán, no
tendrás más dolor, ni nada. Tus músculos quedarán relajados debajo del uniforme
guerrillero que con tanto ahínco y sacrificio te ganaste; quedarán la levita y
las antiparras en tu mochila inseparable junto a tu confidente diario de
campaña. La sangre brotará de ese orificio hecho por la bala, regará la tierra,
le dará vida. Todo se oscurecerá. Caerá el fusil acompañándote, dormirá a tu
costado izquierdo. Sabrás que el mundo se te acaba. Que la oscuridad te irá
bebiendo. Que la tierra te reclama para ser semilla. Mirarás al infinito, en él
observarás lo que soñaste, lo que peleaste. Verás a los tuyos rompiendo las
cadenas. Escucharás a Venezuela gritando “yanquis de mierda”; a la indígena Bolivia
levantarse, llenarse de júbilo y verdad; a Ecuador decidiendo su destino. Tus
ojos mirarán a la América mestiza siendo ella, libre, independiente, soberana.
Nadie, José, nadie entenderá porque ahora que la
bala te está matando, se te dibuja una sonrisa. Nadie, Martí, nadie, entenderá
porque te vas alegre, pese a todo. Nadie, José, nadie, entenderá porque te vas
sereno, hermoso. Nadie entenderá que mueres para empezar a vivir eternamente
con los pobres de la tierra. Nadie entenderá que te vas contento porque desde
Dos Ríos, a instantes de la muerte, tú José, tú Martí, sabías que seríamos para
siempre libres. Por eso, tú, José Martí, exhalas, este 19 de mayo de 1895, el
último y contento aliento, de cara al sol como soñaste.
jueves, 19 de abril de 2018
jueves, 1 de marzo de 2018
La Yegua.....
lunes, 26 de junio de 2017
Ordeña....
Mamá estaba ordeñando en
el establo cuando Perico llegó del Colegio de Bachilleres. No era común verlo a
esas horas, ya que salía de clases a las ocho de la noche y apenas eran las
seis de la tarde. Pero mamá no le preguntó nada; si salió temprano sería porque
no tuvo clases. Cuando Perico llegaba a la hora normal, la encontraba sentada
en la cocina zurciendo calcetines o medias de futbol de él con un huevo de
madera. El muchacho se acomodaba en una silla en el rincón más cercano al calor
de la estufa.
Mamá le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café, y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares adonde la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir… Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado un hijo tan tesonero.
Mamá le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café, y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares adonde la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir… Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado un hijo tan tesonero.
—Vas a llegar muy alto Perico —le decía.
zurciendo calcetines
Lo acompañaba a estudiar hasta tarde, cabeceando, nomás por el gusto de estar con él y para que a él no le diera sueño. Así lo había acompañado desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos y encendía uno en la flama de la estufa. —Vacía esta cubeta en el bote grande —le dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo no iba a dedicarse a eso. Sin embargo esta vez Perico le dijo que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras ella volvía a llenarla, quitó sus libros del banquito y se sentó en él.
zurciendo calcetines
Lo acompañaba a estudiar hasta tarde, cabeceando, nomás por el gusto de estar con él y para que a él no le diera sueño. Así lo había acompañado desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos y encendía uno en la flama de la estufa. —Vacía esta cubeta en el bote grande —le dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo no iba a dedicarse a eso. Sin embargo esta vez Perico le dijo que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras ella volvía a llenarla, quitó sus libros del banquito y se sentó en él.
—Mamá —le dijo.
Ella no le contestó, pero el muchacho se dio cuenta de que le
había oído.
—Mamá, ¿no le gustaría enseñarme a ordeñar?
Ella no le contestó. Siguió haciendo su trabajo. Perico se sintió
incómodo y volteó para otro lado. Pasando las bardas el monte comenzaba a
ensombrecerse.
—Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho trabajo pa usté sola.
—Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho trabajo pa usté sola.
Ella le pasó otra vez la cubeta llena de leche y, cuando el
muchacho se la devolvió, le dijo:
—Órale pues, ayúdame. Llévate esta vaca al corral y tráeme la
otra. Me la amarras aquí mismo.
Perico hubiera querido no empezar tan pronto, pero obedeció. Mamá
pensó que ya era mucho comedimiento, viniendo de él.
—¿Quieres que te dé dinero?
—No, mamá, si fuera eso se lo hubiera pedido luego.
—Entonces, ¿qué mosca te picó?
—Quiero ayudarle, ma.
—Ya me ayudarás cuando termines tu carrera. Te voy a dar un
cinturón que era de tu papá pa que me lo rellenes de oro.
—Uuh, ma, con una carrera no se hace uno rico.
A mamá empezó a cambiarle la cara. Perico tenía las rodillas
cubiertas de moscas verdes, y los zapatos, esmeradamente boleados por la
mañana, se los había ensuciado de estiércol.
—¿De veras es para usté tan importante que yo estudie?.
Perico no pudo aguantarse más las ganas de fumar y sacó un
cigarro. Iba a encenderlo cuando mamá se lo botó de un manazo.
—Delante de mí no fumas.
—Mamá, ni me está haciendo caso. Le pregunté que si es tan
importante para usté que yo estudie una carrera.
—Para eso trabajo como mula en lugar de que trabajes tú.
—Por eso ya le dije que le quiero ayudar.
—¿Dejando la escuela?
—Yo no he dicho que la voy a dejar.
—Ah, bueno —mamá volvió a su tarea, que había interrumpido para prestarle atención a su hijo.
—Ah, bueno —mamá volvió a su tarea, que había interrumpido para prestarle atención a su hijo.
—Ya vete p’allá adentro que no me dejas acabar, ándale.
—Pérese ma, yo tampoco todavía no acabo.
El sol ya casi pegaba, a lo lejos, con unos cerros sarnosos que
decían en enormes letras de cal Ixmiquilpan con el PRI.
—¿A usté le cái bien Araceli?
—Es buena muchacha, nomás que no me gusta su familia: son borrachos y peleoneros todos.
—Pero ella, ¿le gusta a usté para mí?
—Es buena muchacha, nomás que no me gusta su familia: son borrachos y peleoneros todos.
—Pero ella, ¿le gusta a usté para mí?
—Pues si tú la quieres… —le dio la cubeta llena de leche— Al fin
nomás es tu novia. No te has de casar con ella.
—¿Y si sí? —Perico se tapó la boca.
—Si sí, tendrás que esperarte hasta que acabes tu carrera. Antes
no. Porque yo no voy a mantener a tu mujer aparte de mantenerte a ti. Aunque
quisiera. No recojo el dinero con la pala.
Perico se quedó callado, sin saber cómo seguir, rascándose el
mezquino que le había salido en un dedo por señalar el arcoiris.
atardecer en el rancho
—Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo del profesionista y luego se les van los ojos.
atardecer en el rancho
—Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo del profesionista y luego se les van los ojos.
Perico hubiera querido terminar de decirle todo, mas el tiempo no
le alcanzó. Una camioneta que traía ya las luces encendidas entró al rancho y
se detuvo frente a ellos. Perico tragó saliva cuando vio bajar al padre y al
hermano mayor de Araceli, los dos con sombrero, con patillas y bigotes.
El padre se adelantó hacia mamá, descubriéndose, y el hermano bajó
a la fuerza a Araceli.
La Jaula de la tía Enedina....

Desde que tenía ocho
años me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi
madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que
está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus
alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella.
Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me
preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la
engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a
poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria
tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.
Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la
quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi
padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla
conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse,
cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a
comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el
eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me
cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.
Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un
hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que
su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer
soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que
en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se
fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.
Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin
aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el
desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que
así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y
con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y
en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero.
El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el
suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de
zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.
La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido
llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto…ella, acostumbrada
a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad
huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los
muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris
metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un
balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y
zancudas de pancita pequeña y patas largas.
A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué
difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran
similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro;
huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad.
No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de
organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un
canario que por más empeño que puse no podía regalarle.
Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus
alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a
entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba,
incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos,
se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario
costara lo que costara.
Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi
promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste.
Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días
le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.
Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible.
Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor.
Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta
ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo
insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el
dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.
Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al
oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el
amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que
vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi
soledad y de haberla notado apacible.
Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó
en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en
el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la
jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba
con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.
Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…
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