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lunes, 20 de febrero de 2012

La plantita que soñaba ser una palmera...

 
Había una vez una plantita que todas las noches soñaba que era una Palmera y que se encontraba en la playa mecida por la brisa.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba el tallo demasiado alto, las ramas demasiado pesadas, las raíces demasiado profundas y sus frutos duros; bueno, que todo ese gran tamaño le impedía ser una plantita de jardín, así como sufrir a conciencia cayéndose algunas hojas de su ramita.

En realidad no quería estar tan alta o en la orilla de la playa. Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser Palmera para mover sus ramas, y se sentía tristísima de ser una plantita, y por eso se mecía tanto, y estaba tan inquieta, y se le caían sus hojitas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a estar serenita en su maceta.

martes, 14 de febrero de 2012

El Premio...

 

Yo no he vuelto a dibujar, en realidad sólo hacia bosquejos. Pero
eso ocurrió hace muchos años, antes de que fuera peluquera. Ya
mis manos se dedican a cortar cabellos, tengo que conformarme con
hojear los comic de las revistas que están en la peluquería.

Eso sí, no me dejo sugestionar por expertos, sé que aquel retrato
quedo bien. Era un retrato de lo más genuino. Cuando lo expuse en
el parque Codazzi los curiosos se escandalizaron. Lo bauticé “Mi
prima Carlita y su perrita fifí.” Un reputado dibujante que por pura
casualidad lo vio, dijo que sin duda era excelente obra de una pupila
de Zapata, le agradecí sus comentarios, pero ya se sabe que ellos
siempre están dispuestos a regalar influencias que no son suyas. Lo
cierto del caso es que muy pronto el retrato se olvido, una entrevista
en una revista lo esboza y guardé con amor aquel recorte de
revista que decía: “La creadora del retrato Mi prima Carlita y su
perrita fifí se maneja entre lo absurdo y la realidad. Su línea es muy
estilizada. El carboncillo expresa y resalta todos los rasgos finos y
delicados del retrato (no es una dibujante de objetos). Sin embargo,
se nota que aun no domina la técnica con profesionalismo y sus
trazos son en algunos momentos rústicos. Si depura en el retrato
tiene posibilidades…

Ya ese recorte se añejo en una vieja agenda. Por eso mí
sorpresa fue del tamaño de una catedral, cuando supe que ahora,
¡diez años después!, la casa de la cultura ha decidido por
recomendación de un respetable jurado, concederme el premio El
lápiz de oro, por el aporte al acervo cultural de la ciudad
especialmente el retrato Mi prima Carlita y su perrita fifí, el cual, de
acuerdo con el veredicto, captura la realidad de un momento y lo
dimensiona. (Desde hace ocho años Mi prima Carlita y su

perrita fifí decora las paredes de un bar de la parroquia

los tacariguas).

La impresión me iba liquidando cuando me dieron la noticia.
Después de la gran impresión me dediqué a pensar en el discurso,
lo he meditado mucho, ya no tiene gracia rechazar un premio, ahora
lo más importante es recibirlo.

Llegue en mi carro a la casa de la cultura y sobreponiéndome al
susto, me subí al escenario y dije:


Respetables damas y caballeros. Amigos todos. Admiradores y
cultivadores del dibujo, estoy muy emocionada, Ustedes, sin
quererlo, me han echado la grandísima broma de venirme a recordar
que una vez fui dibujante, o por lo menos intente serlo. Me siento un
poco apenada estimado público, precisamente, por eso de que
vengan a premiarme ahora por lo que ya no soy. Pero no crean,
¡Dios me libre de tamaño desplante! Que quiera aguar mi propia
celebración, al fin y al cabo, más vale tarde que nunca.

Pido disculpas por esta tonta explosión sentimental, uno se
emociona tanto que algunas veces comete estos tropezones…

Pero no soy una mujer malagradecida querido público, no tengo
ninguna excusa para rechazar tan distinguido premio. Como se
sabe, no hay mal que por bien no venga. Por lo tanto, estimados
amigos del dibujo, concédanme en esta oportunidad la gracia de la
mitad y mitad, que me parece en este caso lo más conveniente.

Estimado jurado, ustedes por favor quédense con el lápiz de oro,
y hasta con el diploma, y denme a mí ese chequecito para
consolarme.

miércoles, 13 de julio de 2011

El árbol...



Yo era frondoso y erguido, yo estaba colocado sobre una rivera; yo era un árbol. Cerca de la orilla estaban aferradas las puntas de mis raíces; a lo alto, las ramas en la copa tupida mueven las hojas, incansablemente. Los nidos de los pájaros colgaban en mis costados. En la vertiente rumoreaba el helado río del piemonte. Ningún caminante se animaba hasta estos momentos pasar por aquí, el árbol no figuraba aún en ningún croquis. Así yo yacía y esperaba, debía esperar. Todo árbol que se haya plantado alguna vez, puede dejar de ser árbol sin talarse.

Fue una vez por la mañana – no sé si el lunes o el jueves -, mis pensamientos siempre estaban confusos, daban vueltas en mi sabia; hacia esa mañana de primavera; cuando el caudal del río era turbulento, escuché los pasos de una niña. A mí, a mi derecha. Aquiétate árbol, ponte derecho, rama sin hojas, sostén al viejo columpio que te ha sido confiado. Cuelgan rígidos los dos mecates de su asiento; si se columpia, date a conocer y, como un viento de la rivera, colúmpiala en tu rama firme.

Llegó y se monto en el columpio, luego se sujeto con sus manitas de los dos mecates del viejo columpio y comenzó a columpiarse sobre mi rama. La punta de sus zapaticos negros rozo mi tronco anidado y los mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con ojos inquietos a su alrededor. Fue entonces – Yo soñaba tras ella sobre el camino y el campo – que se balanceo  moviéndose con ambos piececitos en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un acompasado movimiento, admirado de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Una niña? ¿Un pedacito de cielo? ¿Un sueño hecho realidad? ¿Un inquieto ángel? ¿Un amante de la naturaleza? ¿Una naturista? Me volví para poder verla. ¡El árbol se inclino! No había terminado de inclinarme, cuando ya arreciaba el viento, me inclinaba cada vez más hacia la izquierda, y ya mis raíces estaban desgarradas y mi tronco flotando en las aguas del río que siempre me habían mirado tan apaciblemente desde su inmenso caudal.

martes, 22 de marzo de 2011

La vaca de las patas feas...



     Antes que despierte el día, el becerro se acomoda. El toro sube al potrero. La vaca va al río. El becerrito sigue durmiendo al pie del Jabillo.

    Papá toro estudia un nuevo pasto para el día, mientras oye silbar la brisa en sus orejas. Mamá vaca se mira en el espejo del agua, se lava el hocico, eriza el moteado pelaje, cepilla el blanco delantal, mira al esposo.

-         Vamos – ordena éste a la familia.
-         Despierta, niño – dice la madre al becerrito.- Es la hora de andar.

   ¡Qué delicioso es recorrer la sabana, fresca de rocío, olorosa a mastranto, mientras la aurora toca la puerta del llano! Grama tierna, hojas de guayabito y legumbres  es el rico menú de hoy. Ya no hay leche para el becerrito brincón.  Está muy crecido. 

   ¡Vida dichosa! Así, todos los días… Y, después, la siesta sabrosa, rumiando solitos en el pasto.

   Pero hay días de susto, días de terror. Días peores que las noches rasgadas por los aullidos de los lobos. Son días de quema: días en que todo es correr afanoso, con humo que ofusca la vista y sofoca el respirar. Tardes como la de hoy, en que cada hierba es una llama: Todos los animales huyen, la paraulata llora la destrucción de su nido y el morrocoy, agotado, se rinde… Pero los ganados corren, se ponen a salvo: rapidísimo el papá, rápido el becerro, lenta y fatigada la mamá…

  Han llegado a orillas del río y apagan el ardor de la carrera. La madre se refrigera; mira su rostro desfigurado en el agua; descansa; luego, coqueta, se arregla. El becerrito la mira…

  - Eres linda, mamá. Toda linda, pero no así tus patas, peladas y torpes. Por culpa de ellas, casi la candela te agarra. Mamá, ¡qué patas llagosas tienes!

  - Tienes razón, hijo – Contesto tristemente la madre-. Anda a descansar con papá.
    A la sombra de un Jabillo, el padre lo ha escuchado todo.

    - Oye – le dice al becerrito -, quiero contarte una cosa. Una vez había un becerrito, dormilón como él sólo, que todavía no sabía correr. Su madre lo dejaba, oculto en un mogote y salía a pastar. Una tarde de Febrero se incendio la sabana y todo ardió como hoy. La vaca corría como el viento, más rápida que yo; pero no quería huir: Tenía que salvar a su hijo. ¡Pobre chiquillo! Entre él y la madre se había levantado una gruesa cortina de fuego. Sin pensarlo dos veces, la vaca valiente arrancó y cruzó por las llamas. Salió al otro lado, pero con la candela prendida en sus patas. Llegó a donde estaba el becerrito y lo sacudió… antes que lo despertaran las llamas.

   El pequeño, entonces, echó a correr tras la madre y pronto, llegaron los dos a la orilla del río. La madre entró al agua y le pareció sentirse aliviada. Sólo fue una impresión, sus patas llenas de quemaduras, habían quedado contraídas y llagosas para siempre. 

Entonces miró al hijito y, ocultando su dolor, le sonrió: estaba a salvo para ella. Pero, luego, el becerrito se olvidó de eso… y creció, creció…

  - No sigas -, papá – exclamó el becerrito, interrumpiendo el relato. Y corrió al lado de la madre, que estaba entregando sus lágrimas al río.

 - Mamá – le dijo -, no es verdad que eres lenta… no es verdad que tienes las patas feas…

   Y comenzó a lamerle las cicatrices de las patas que lo habían salvado.

viernes, 18 de marzo de 2011

Agonía



Todo ocurrió de manera tan brusca, que no tuve tiempo de cerciorarme. En la puerta del edificio me despedí de Mariela, con ese beso de cariño y jubilo de todos los días. Caminé por la acera un largo rato. Cuando me detuve, pise sin mirar una alcantarilla y sólo me hundí en el vacío. Fui a caer dentro de un drenaje de agua sucia y me hundí lentamente en esa agua turbia. Nadie vino a socorrerme a pesar de los gritos; sin embargo, al final de todo, vi arriba a un fotógrafo que parecía divertirse mucho con mi accidente y tomaba la que sería mi última fotografía como un reportaje.