jueves, 1 de marzo de 2018
La Yegua.....
lunes, 26 de junio de 2017
Ordeña....
Mamá estaba ordeñando en
el establo cuando Perico llegó del Colegio de Bachilleres. No era común verlo a
esas horas, ya que salía de clases a las ocho de la noche y apenas eran las
seis de la tarde. Pero mamá no le preguntó nada; si salió temprano sería porque
no tuvo clases. Cuando Perico llegaba a la hora normal, la encontraba sentada
en la cocina zurciendo calcetines o medias de futbol de él con un huevo de
madera. El muchacho se acomodaba en una silla en el rincón más cercano al calor
de la estufa.
Mamá le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café, y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares adonde la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir… Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado un hijo tan tesonero.
Mamá le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café, y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares adonde la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir… Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado un hijo tan tesonero.
—Vas a llegar muy alto Perico —le decía.
zurciendo calcetines
Lo acompañaba a estudiar hasta tarde, cabeceando, nomás por el gusto de estar con él y para que a él no le diera sueño. Así lo había acompañado desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos y encendía uno en la flama de la estufa. —Vacía esta cubeta en el bote grande —le dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo no iba a dedicarse a eso. Sin embargo esta vez Perico le dijo que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras ella volvía a llenarla, quitó sus libros del banquito y se sentó en él.
zurciendo calcetines
Lo acompañaba a estudiar hasta tarde, cabeceando, nomás por el gusto de estar con él y para que a él no le diera sueño. Así lo había acompañado desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos y encendía uno en la flama de la estufa. —Vacía esta cubeta en el bote grande —le dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo no iba a dedicarse a eso. Sin embargo esta vez Perico le dijo que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras ella volvía a llenarla, quitó sus libros del banquito y se sentó en él.
—Mamá —le dijo.
Ella no le contestó, pero el muchacho se dio cuenta de que le
había oído.
—Mamá, ¿no le gustaría enseñarme a ordeñar?
Ella no le contestó. Siguió haciendo su trabajo. Perico se sintió
incómodo y volteó para otro lado. Pasando las bardas el monte comenzaba a
ensombrecerse.
—Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho trabajo pa usté sola.
—Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho trabajo pa usté sola.
Ella le pasó otra vez la cubeta llena de leche y, cuando el
muchacho se la devolvió, le dijo:
—Órale pues, ayúdame. Llévate esta vaca al corral y tráeme la
otra. Me la amarras aquí mismo.
Perico hubiera querido no empezar tan pronto, pero obedeció. Mamá
pensó que ya era mucho comedimiento, viniendo de él.
—¿Quieres que te dé dinero?
—No, mamá, si fuera eso se lo hubiera pedido luego.
—Entonces, ¿qué mosca te picó?
—Quiero ayudarle, ma.
—Ya me ayudarás cuando termines tu carrera. Te voy a dar un
cinturón que era de tu papá pa que me lo rellenes de oro.
—Uuh, ma, con una carrera no se hace uno rico.
A mamá empezó a cambiarle la cara. Perico tenía las rodillas
cubiertas de moscas verdes, y los zapatos, esmeradamente boleados por la
mañana, se los había ensuciado de estiércol.
—¿De veras es para usté tan importante que yo estudie?.
Perico no pudo aguantarse más las ganas de fumar y sacó un
cigarro. Iba a encenderlo cuando mamá se lo botó de un manazo.
—Delante de mí no fumas.
—Mamá, ni me está haciendo caso. Le pregunté que si es tan
importante para usté que yo estudie una carrera.
—Para eso trabajo como mula en lugar de que trabajes tú.
—Por eso ya le dije que le quiero ayudar.
—¿Dejando la escuela?
—Yo no he dicho que la voy a dejar.
—Ah, bueno —mamá volvió a su tarea, que había interrumpido para prestarle atención a su hijo.
—Ah, bueno —mamá volvió a su tarea, que había interrumpido para prestarle atención a su hijo.
—Ya vete p’allá adentro que no me dejas acabar, ándale.
—Pérese ma, yo tampoco todavía no acabo.
El sol ya casi pegaba, a lo lejos, con unos cerros sarnosos que
decían en enormes letras de cal Ixmiquilpan con el PRI.
—¿A usté le cái bien Araceli?
—Es buena muchacha, nomás que no me gusta su familia: son borrachos y peleoneros todos.
—Pero ella, ¿le gusta a usté para mí?
—Es buena muchacha, nomás que no me gusta su familia: son borrachos y peleoneros todos.
—Pero ella, ¿le gusta a usté para mí?
—Pues si tú la quieres… —le dio la cubeta llena de leche— Al fin
nomás es tu novia. No te has de casar con ella.
—¿Y si sí? —Perico se tapó la boca.
—Si sí, tendrás que esperarte hasta que acabes tu carrera. Antes
no. Porque yo no voy a mantener a tu mujer aparte de mantenerte a ti. Aunque
quisiera. No recojo el dinero con la pala.
Perico se quedó callado, sin saber cómo seguir, rascándose el
mezquino que le había salido en un dedo por señalar el arcoiris.
atardecer en el rancho
—Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo del profesionista y luego se les van los ojos.
atardecer en el rancho
—Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo del profesionista y luego se les van los ojos.
Perico hubiera querido terminar de decirle todo, mas el tiempo no
le alcanzó. Una camioneta que traía ya las luces encendidas entró al rancho y
se detuvo frente a ellos. Perico tragó saliva cuando vio bajar al padre y al
hermano mayor de Araceli, los dos con sombrero, con patillas y bigotes.
El padre se adelantó hacia mamá, descubriéndose, y el hermano bajó
a la fuerza a Araceli.
La Jaula de la tía Enedina....

Desde que tenía ocho
años me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi
madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que
está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus
alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella.
Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me
preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la
engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a
poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria
tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.
Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la
quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi
padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla
conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse,
cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a
comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el
eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me
cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.
Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un
hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que
su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer
soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que
en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se
fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.
Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin
aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el
desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que
así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y
con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y
en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero.
El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el
suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de
zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.
La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido
llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto…ella, acostumbrada
a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad
huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los
muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris
metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un
balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y
zancudas de pancita pequeña y patas largas.
A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué
difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran
similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro;
huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad.
No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de
organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un
canario que por más empeño que puse no podía regalarle.
Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus
alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a
entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba,
incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos,
se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario
costara lo que costara.
Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi
promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste.
Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días
le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.
Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible.
Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor.
Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta
ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo
insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el
dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.
Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al
oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el
amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que
vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi
soledad y de haberla notado apacible.
Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó
en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en
el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la
jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba
con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.
Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…
miércoles, 4 de enero de 2017
Pelos...

madre! ¡Me ha
salido un pelo! -dijo el pequeño surubí.
En efecto, una
mañana de junio de mil novecientos y pico, un jovencísimo surubí que nadaba
como todos los días en el Río de la Plata se descubrió un pelo en la cabeza.
La madre se
sorprendió bastante porque -ya se sabe- los peces no tienen pelos. Pero como
hacen todas las madres, enseguida lo mandó a peinarse y listo.
Así empezó la
mayor rareza de la historia peluda y acuática.
Porque ese pelo
era apenas el principio de muchos otros pelos que vendrían. Y no sólo para el
surubí, sino para todos los demás peces del río.
La causa era bien
simple:
El marinero de un
remolcador había volcado en el agua, por accidente, un frasco de tónico
capilar.
El pobre ni se
imaginó las novedades que eso iba a producir en el fondo del río.
A los sábalos les
salió una melena enrulada. A los dorados, una cabellera larga y lacia.
Los patíes y los
pejerreyes empezaron a peinarse con flequillo. Al principio se sentían raros
con la nueva facha, pero después todo el mundo estaba encantado con sus pelos.
Las hijas más
chicas de una familia de dientudos salían de paseo con trenzas.
Las palometas y
las viejas se hicieron la permanente.
Nadie hablaba de
otra cosa.
-¡Qué bien te
queda el brushing, Ernestina! -le decía una boga a su amiga-. Yo hoy tengo el
pelo horrible con tanta humedad.
Y también:
-¡Papá, quedé
ciego!
-No, nene. Es el
pelo que no te deja ver -protestaba el pacú-Ñata-, ¿a este chico lo dejan
entrar así a la escuela?
En cada esquina
había una peluquería. Y en cada peluquería los peces se ondulaban, se alisaban,
se cortaban, se estiraban, se teñían, se afeitaban, todo mientras leían
revistas.
Entre los juncos
crecieron grandes fábricas de peines, peinetas y gorras de baño; de champúes y
fijadores; de vinchas, hebillas y secadores de pelo.
Pero nada dura en
esta vida…
Y un día todo
terminó como había empezado.
Una señora que
volvía del Delta en una lancha colectivo dejó caer en el agua un frasco de
crema para depilarse. Destapado, el frasco. Y así fue como los hermosos pelos
empezaron a desprenderse de las cabezas.
Primero vinieron
las calvicies y, poco a poco, avanzó la peladez.
El disgusto de
los peces fue enorme. Era lógico: habituados ya a sus melenas, se veían feos
sin ellas.
Y no había peluca
que parara semejante desastre.
Muchos, para
disimular, se raparon la cabeza y se hicieron punkies o cantantes de rock
pesado.
El único que
conservó restos de la era pelosa fue el bagre, que aún hoy tiene bigotes.
Así, los peces
volvieron a ser como han sido siempre: calvos como huevos.
Pero todavía hoy
siguen sin entender qué les pasó y por qué los pelos son cosas que aparecen y
desaparecen tan locamente.
Por eso, para
evitarles problemas, es mejor no tirar cosas raras al río.
lunes, 2 de enero de 2017
viernes, 30 de diciembre de 2016
EL AMIGO DEL AGUA.....

El señor
Algaroti vivía solo. Pasaba sus días entre pianos en venta, que por lo visto
nadie compraba, en un local de la calle Bartolomé Mitre. A la una de la tarde y
a las nueve de la noche, en una cocinita empotrada en la pared, preparaba el
almuerzo y la cena que a su debido tiempo comía con desgano. A las once de la
noche, en un cuarto sin ventanas, en el fondo del local, se acostaba en un
catre en el que dormía, o no, hasta las siete. A esa hora desayunaba con mate
amargo y poco después limpiaba el local, se bañaba, se rasuraba, levantaba la
cortina metálica de la vidriera y sentado en un sillón, cuyo filoso respaldo
dolorosamente se hendía en su columna vertebral, pasaba otro día a la espera de
improbables clientes.
Acaso hubiera
una ventaja en esa vida desocupada; acaso le diera tiempo al señor Algaroti
para fijar la atención en cosas que para otros pasan inadvertidas. Por ejemplo,
en los murmullos del agua que cae de la canilla al lavatorio. La idea de que el
agua estuviera formulando palabras le parecía, desde luego, absurda. No por
ello dejó de prestar atención y descubrió entonces que el agua le decía:
“Gracias por escucharme”. Sin poder creer lo que estaba oyendo, aún oyó estas
palabras: “Quiero decirle algo que le será útil”. A cada rato, apoyado en el
lavatorio, abría la canilla. Aconsejado por el agua llevó, como por un sueño,
una vida triunfal. Se cumplían sus deseos más descabellados, ganó dinero en
cantidades enormes, fue un hombre mimado por la suerte. Una noche, en una
fiesta, una muchacha locamente enamorada lo abrazó y cubrió de besos. El agua
le previno: “Soy celosa. Tendrás que elegir entre esa mujer y yo”. Se casó con
la muchacha. El agua no volvió a hablarle.
Por una serie
de equivocadas decisiones, perdió todo lo que había ganado, se hundió en la
miseria, la mujer lo abandonó. Aunque por aquel tiempo ya se había cansado de
ella, el señor Algaroti estuvo muy abatido. Se acordó entonces de su amiga y
protectora, el agua, y repetidas veces la escuchó en vano mientras caía de la
canilla al lavatorio. Por fin llegó un día en que, esperanzado, creyó que el
agua le hablaba. No se equivocó. Pudo oír que el agua le decía: “No te perdono
lo que pasó con aquella mujer. Yo te previne que soy celosa. Esta es la última
vez que te hablo”.
Como estaba
arruinado, quiso vender el local de la calle Bartolomé Mitre. No lo consiguió.
Retomó, pues, la vida de antes. Pasó los días esperando clientes que no
llegaban, sentado entre pianos, en el sillón cuyo filoso respaldo se hendía en
su columna vertebral. No niego que de vez en cuando se levantara para ir hasta
el lavatorio y escuchar, inútilmente, el agua que soltaba la canilla abierta.
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