Bienvenidos a Top de Relatos....

jueves, 20 de agosto de 2015

El Burro Canelo....




Tras un día de camino para encontrar al hijo que regresaba del colegio después de algunos años de ausencia, el padre tuvo el primer disgusto. Apenas se habían saludado, el muchacho en lugar de preguntar por su madre, por los hermanos o al menos por la abuela, ansiosamente le dijo:
—Padre, ¿y el burro canelo?

—El burro canelo… se murió de roña, de garrapatas y de viejo.

Al muchacho se le habían olvidado costumbres y hasta los nombres de las cosas que lo rodearon desde que nació. ¡Cómo era posible que para montar pusiera en el estribo el pie derecho! Pero el asombro del padre fue mayor cuando el chico preguntó con gran curiosidad si aquello era trigo o arroz al pasar junto a unos campos sembrados de maíz.

Mientras el muchacho descansaba, el padre sorprendido y triste informó a su esposa lo ocurrido. La madre no quiso darle mucho crédito, pero cuando llegó la hora de la cena, la mujer sintió el mismo desencanto. El muchacho solo hablaba de la ciudad. Uno de sus maestros le había dicho que el jorongo se llamaba “clámide”, y el huarache, el sufrido huarache del arriero, se le llama “coturno”.

La madre había preparado para su hijo querido lo que más le gustaba: atole de maíz tierno, con piloncillo y canela. Cuando se lo sirvió, caliente y oloroso, el hijo hizo la más absurda pregunta de cuantas había hecho:
—Madre, ¿cómo se llama esto?

Y mientras esperaba la respuesta se puso a menear el atole con un circular ir y venir de la cuchara.

—Al menos, si has olvidado el nombre, no has olvidado el meneadillo —dijo la madre suspirando.

martes, 23 de junio de 2015

El Arbol....



 
Cuando aquella mañana de cielo feliz, la muchacha, violín en mano, llamó a la puerta de la casita jardín de los Risi, un hombre de paisano, un poco mulato, abrió de un tirón y la obligó a pasar.
—Póngase contra la pared y apóyese en las manos.
Mientras obedecía, la muchacha tuvo tiempo de pasar un vistazo por la cara de la sirvienta de Fide que estaba blanca, moviendo las manos sobre el vientre, emparedada por otros dos monos que se turnaban para apresurar preguntas o mezclaban las interrogaciones con la vieja técnica tan aprendida, tan puesta a prueba. Los tres hombres en mangas de camisa y sudando, fingiendo premura e importancia.
El portero cacheó a la muchacha y detuvo la congénita insolencia de las manos en los senos y las nalgas.
—Limpia, dijo. Ahora abra el violín.
—El estuche.
—Sí, doctora. El estuche del violín.
Ella había escondido los papelitos celestes que le había prestado anoche la mujer de Fide, entre un si bemol y un pizzicato. Pero al fin aparecieron.
Era una lista de nombres de sentenciados a muerte que tal ves aún sigan vivos.
—¿Y esto? —preguntó el primero, con aire sobrador, buscando meter en la luz atenuada de la mañana una expresión de amenaza inteligente.
La sirvienta de los Fide repetía:
—No, ya le dije. Los trajo ayer a casa. No sé dónde está. Ya le dije. No avisó por teléfono ni lo vi. Ya le dije. No sé dónde está. Ya le dije.
—Y usted ahora se va al jardín con el mocoso —le dijo el hombre a la muchacha. Y nada de macanas que no empezamos todavía.
Así que ella abrió la puerta vidriera y en el pequeño jardín respiró el aroma de la tierra húmeda y el olor del verano, agrupados en el gran árbol solitario.
Bob estaba despatarrado, allá arriba, en las ramas más altas.
—Traé la pelota que está allá en el fondo —dijo Bob.
La pelota estaba a dos metros contra el muro gris de la divisoria. Era de goma, grande y parecía estar pintada con gajos de todos los colores.
La muchacha tiró la pelota al niño y el niño a ella, y así siguieron, riendo los dos.
Ahora se oía a la sirvienta de los Fide, a veces gritaba, otras lloraba. Las voces gruesas de los hombres se entreveraban, se alzaban y se alejaban.
—No sé. Ya le dije. No sé nada.
El golpe de un bofetón y un insulto. El niño continuaba ignorante y riendo, ella sonreía, mirándolo, mostrándole la cara, la pelota iba y venía, rodaba brillosa y alegre sobre la tierra que interrumpían algunos puñados de pasto.
Jugaban y la muchacha estaba segura de no estar allí, de soñar los subibajas de la pelota. No había hombres dentro de la casa acosando a la sirvienta de Fide, no existía la amenaza del pronto encierro, el interrogatorio, la tortura. Miraba la pared húmeda que rodeaba el jardín, pensaba en la posibilidad de saltar, la de huir del sueño, de quebrar la pesadilla.
No había en el mundo otra cosa que el jardín escuálido, el vaivén de la pelota, la alegría del niño a cuyos padres estaban matando en otro lejano inimaginable lugar, país, continente...
Era necesario seguir jugando con el niño, sentir que la pelota le golpeaba la barriga, lanzarla de vuelta.
El niño, puro y sencillo, tan cerca de la casa y el horror; el niño, lo único que subsistía de los padres en aquel momento y ella tenía que ser padre y madre mientras durara la pesadilla infinita, las voces groseras en la casa, la risa nerviosa del chico en el árbol.
Porque si prolongaba sin pausa el monótono juego, ambos quedarían apartados del tiempo, nunca rozados por la suciedad del mundo. 

martes, 21 de abril de 2015

De manera Brusca......



Todo ocurrió de manera tan brusca, que no tuve tiempo de asombrarme. En el garaje  me despedí de Daniela, con ese abrazo de cariño y tedio de todos los días. Abrí la puerta del carro. Cuando lo prendí, acelere sin mirar y solo me encontré con el final del camino. Fui a caer por un despeñadero de piedras inmensas y volqué rápidamente en ese barranco profundo. Nadie vino en mi auxilio a pesar de los gritos; sin embargo, al final de todo, vi arriba una pareja de turistas chinos que parecían divertirse mucho con mi accidente y tomaban la que sería mi última fotografía como un suvenir.-

lunes, 23 de febrero de 2015

Desconcierto....



Ese colorido loro, que parloteaba incesantemente una frase en la rama  antes de picotear  un mango, es el único plumífero que desconcertaba a los insectos.-

viernes, 4 de julio de 2014

Una mañana despejada....

images (1)
¿Qué haremos en los días de verano que ya llegan? Hoy por la mañana estaba el cielo despejado, pero si alguien va ahora a la ventana, se quedará sorprendido y fijara sus ojos en la plaza.

Abajo en la plaza se puede ver cómo la luz del sol, que ya comienza a salir, se refleja en el rostro terso de una joven muchacha, que esta parada y mira alrededor, y al mismo tiempo se ve la sombra de un hombre que viene rápidamente detrás de ella.


El hombre la ha pasado y el rostro de ella se sonroja.

jueves, 3 de julio de 2014

Muerte en el callejon....




Al anochecer, sentado en la silla de mimbre, Mario creyó ver una extraña silueta, oscura, volátil y alargada andando en dirección al callejón. Aquel mal presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró en la bodega. Y con gesto firme, en el que se notaba, sin embargo, cierta resignación, agarro la pistola.

En una moto negra, por el estrecho callejón paralelo a la plaza, avanzaba la muerte en una frenética y casi estrepitosa carrera. Mario, desde el porche, reconoció la silueta del enemigo. Se oculto detrás de la baranda, aprontó la pistola y fijo la mirada en el corazón de piedra del sujeto. Moto y delincuente cruzaron la línea imaginaria del callejón. Y Mario, que había aguardado desde siempre ese momento, disparó. La moto se coleo en seco, y el delincuente, con el pecho  perforado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a la acera mordiendo el polvo acumulado en la cuneta.

El disparo interrumpió nuestras labores rutinarias, se escucho en el viento cubriendo de presagios nuestros corazones. Salimos al callejón y, como si hubiéramos establecido un acuerdo previo, todos rodeamos a la víctima. Mi vecino se aparto del grupo, se quito la chaqueta, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido, lo volteo de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ámbar del poste de luz, el rostro sereno y sin vida de Mario.

miércoles, 2 de julio de 2014

El Escorpión y el niño....


Cerca de la playa, en una palmera, un niño trataba de tumbar un coco. Al bajarse, un escorpión venenoso lo mordió - ¡Hay! – dijo el niño todo asustado-. Pasaron algunos segundos, minutos, horas, y días sin que el sorprendido niño muriese de la mordedura.

 -¡Seguro que me muero en cualquier momento! -, se estuvo diciendo el niño durante muchos días. El veneno lo tengo dentro y esto no tiene remedio. Resultó que nuestro niño solo tuvo una pequeña fiebre. Su cuerpo era resistente a la ponzoña  del vil escorpión. De haberlo sabido, podría haberse evitado temores y  preocupaciones.